El arte de moverse bien

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"Mi trabajo es muy bobo, pero a la mínima te ponen un micrófono delante y eso es útil. Mi opinión no es más importante que la de otro, pero se oye más alto”. Lisa Edelstein era consicente de su papel, de sus limitaciones y de su repercusión. Lisa era la doctora Cuddy, la jefa de House, o mejor dicho, la actriz que encarnaba a la jefa de House porque en este tipo de papeles de larga duración era muy difícil distinguir entre el intérprete y el interpretado, pero, al menos, ella sí que sabía quién era. No se consideraba ni mejor ni peor que sus congéneres pero reconocía que sus opiniones se oían más altas.

Una reflexión que acababa de realizar en su visita a España, país en el que algunos de sus actores se destacaban por hacer valer continuamente ese altavoz que les facilitaba su trabajo para defender las causas que ellos consideraban justas. El problema no era tanto que ellos dieran su opinión, estaban en su derecho de hacerlo, sino en la importancia que se le daba a la misma en los medios de comunicación. Al fin y al cabo, tal y como afirmaba el periodista italiano Oliviero Ponte de Pino, “el periodismo iguala la opinión de cualquier cretino a la del mejor experto: las dos valen lo mismo porque salen publicadas”.

Sin embargo, había ocasiones en las que el periodismo también acogía la excelencia entre sus páginas, como acababan de constatar los Premios Pullitzer de este año. Sarah Kaufman se había alzado con este galardón en la categoría de mejor crítica. Bastaba con consultar su artículo “A One-Man Movement” en The Washington Post para entender por qué. Kaufman defendía en este extenso artículo la importancia del movimiento del cuerpo de los actores como forma de narrar una historia. Para ello ponía como máximo exponente de lo que denomina “kinetic acting” (algo así como “la interpretación cinética”) a Cary Grant en la película “Con la muerte en los talones”. La crítica afirmaba que esta capacidad de narrar a través de los movimientos del cuerpo de un actor había desaparecido casi totalmente de las pantallas con algunas excepciones recientes como Sean Penn en “Milk”, Bill Murray en “Lost in translation” o Cate Blanchett en “El curioso caso de Benjamin Button”. Los motivos que apuntaba como causa de esta desaparición eran la falta de formación en danza de los actores de hoy en día (Kaufman era especialista en crítica de danza) y la influencia del psicoanálisis en la interpretación a través del método Stanislavski, cuyo máximo representante sería Marlon Brando. La expresividad se había trasladado del cuerpo al rostro, a los músculos de la cara, que reflejaban ese conflicto interno que vivían muchos personajes.

El arte de moverse bien, la elegancia física, habría desaparecido y habría dado paso a los rostros atormentados, las miradas perdidas, los ceños fruncidos. De tal modo que algunos actores se habrían creído esos papeles que interpretaban y se veían en la obligación o necesidad de opinar sobre todo cuanto acontecía en la sociedad, como si fueran la conciencia moral de Occidente. Tan sólo había que ver a algunos actores españoles para comprobarlo pero eso ya no lo decía Sarah Kaufman.



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