De Paris (Hilton) y otras capitales

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“Tenemos una generación que lo sabe todo sobre Paris Hilton pero nada sobre París”. Las palabras eran del nuevo director de la Fundación Guggenheim, Richard Amstrong, quien acababa de ser nombrado en sustitución de Thomas Krens, responsable durante veinte años de la expansión internacional de este museo con grandes éxitos, como Bilbao, y sonoros fracasos, como Las Vegas o Río de Janeiro.

Amstrong respondía al perfil de historiador del arte frente al de ejecutivo agresivo encargado de recaudar fondos que había prevalecido hasta el momento. El nuevo director provenía del Carnegie Museum de Pittsburg, en el que había ejercido este mismo puesto tras pasar por el Whitney de Nueva York, donde había organizado tres de sus bienales, y había estudiado Historia del Arte en el Lake Forest College de Illiniois y en la Sorbonne de París. Amstrong, tras esa completa formación, contemplaba los museos como “portales hacia el conocimiento” para los jóvenes de hoy en día. Sí, esos que estaban tan interesados en saberlo todo sobre la rica heredera de la cadena hotelera Hilton.

Precisamente, si uno quería conocer de cerca una etapa artística de París – la capital de Francia, no la reina del petardeo – podía acercarse actualmente al IVAM y contemplar la exposición “La figuración narrativa. París 1960-1972”. Un recorrido por la obra de una serie de artistas que decidieron plantar cara a la abstracción americana predominante tras la Segunda Guerra Mundial, a través de pinturas figurativas que contaran historias.

Unas obras que se nutren de imágenes cotidianas creadas por los medios de comunicación de masas. Los artistas se alejan de la introspección para empaparse de lo que ocurre en las calles, en las novelas, en los cómics (que tanta aceptación tienen en Francia) y criticar situaciones que consideran injustas. Un movimiento que participó activamente en la efervescencia cultural de mayo del 68 pero que luego cayó totalmente en el olvido a partir de los años ochenta.

La figuración narrativa contó con sus defensores y sus detractores, entre los que destaca el crítico de arte Pierre Restany, quien calificó a sus integrantes como “la Internacional de la mediocridad”, pero lo que está claro es que supusieron un revulsivo para un París adormecido ante la pérdida de la capitalidad artística que, tras la Segunda Guerra Mundial, se había trasladado a Nueva York.

Es misión de los museos echar la vista atrás, analizar el pasado y rescatar lo que valga la pena para que lo conozcan unas generaciones más centradas en las andanzas de Paris Hilton que en las de París, o en las de los integrantes de Gran Hermano, en lugar de las de sus propios hermanos. Por ello, los museos deben de ser centros culturales abiertos al mayor público posible, alejados de esa visión de templos de la cultura en los que tan sólo podían entrar los sumos sacerdotes iniciados en sus ritos. Si tenemos en cuenta que 2,6 millones de personas visitaron el Museo del Prado durante el año pasado frente a los 4,2 millones que presenciaron el estreno de la décima temporada de Gran Hermano el pasado domingo, las cifras son desalentadoras pero no por ello debemos renunciar a que esta sociedad adormecida despierte a la cultura y peregrine en masa hacia nuestros museos. Al fin y al cabo, como decía una pintada de mayo del 68 que tuvo lugar en el París al que aludía el nuevo director del Guggenheim, “sean realistas, pidan lo imposible”.



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"Valdés como pretexto"

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