Obras de arte millonarias

Enviar a un amigo   Imprimir

La relación de los artistas con la posteridad siempre ha sido peculiar. Por un lado, muchos de ellos se movían por lo que Hegel denominaba el deseo de reconocimiento pero, por otro lado, a otros no les interesaba lo que pudiera pasarles a su obra una vez ellos hubieran desaparecido de la faz de la tierra.

El último ejemplo de ello lo constituía el artista británico Richard Wright, quien acababa de alzarse con el premio Turner que concedía la Tate y que en el pasado habían conseguido artistas tan polémicos como Damian Hirst o Tracy Emin. Wright había declarado al recibir el premio que no quería que ninguna de sus obras le sobreviviera. El nuevo premio Turner no había especificado el porqué de esta aseveración pero quizás, lo que se escondía detrás de ellas era ese fenómeno que se había dado a finales del siglo XX que había producido no sólo que algunas obras sobrevivieran a sus autores, sino que vivieran mucho mejor que ellos. El ejemplo más claro lo constituía los impresionistas, cuyo paradigma fue Van Gogh, quien tan sólo vendió dos cuadros en vida. Sin embargo, su retrato del Doctor Gachet (1890) fue subastado en Christie’s Nueva York en 1990 alcanzando la cifra de 82,5 millones de dólares. Este cuadro supuso en su momento el símbolo del “boom” de las subastas de los años noventa.

Otros artistas gozaron del favor de la crítica y del mercado durante su vida pero la cotización de sus obras de disparó tras su muerte. El caso más representativo de este grupo sería Andy Warhol, el segundo artista más vendido en el mundo después de Pablo Picasso. Sin embargo, en los años setenta dos exposiciones de Warhol no vendieron ninguna obra, por lo que empezó a realizar retratos por encargo a razón de  unos 25.000 dólares cada uno. En los años ochenta, los honorarios por sus retratos subieron a los 40.000 dólares. Una cifra muy lejana de los 71,7 millones de dólares por los que se vendío su obra “Accidente del coche verde (coche verde ardiendo I)” en una subasta de Christie’s Nueva York en mayo de 2007 (veinte años después de su muerte).

Actualmente, había autores que habían alcanzado una cotización que muchos expertos opinaban que no podría ni siquiera mantenerse en el tiempo. En este caso, destacaba precisamente uno de los primeros premios Turner, Damian Hirst, quien recientemente había roto las normas del mundo del arte al vender toda su última producción a través de una casa de subastas (quienes se ocupan habitualmente del mercado secundario), en lugar de hacerlo por medio de una galería de arte (encargadas del mercado primario). La cotización de Hirst saltó por los aires cuando el coleccionista británico Charles Saatchi pagó 50.000 libras por su conocida obra consistente en un tiburón disecado dentro de una gran vitrina de cristal y la revendió unos años después al coleccionista norteamericano Steve Cohen por 12 millones de dólares.

Quizás el subconsciente de Wright le había traicionado y lo que quería decir era que no quería morir como Van Gogh, sino vivir como Hirst. Al fin y al cabo, como decía la canción, sólo se vive una vez.



Volver a la página anterior
  Inglés | Español

 

Trailer del documental
"Valdés como pretexto"

© 2010 www.perfectwide.com. Todos los derechos reservados.