Ai Weiwei o criticar al banquero

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No acababa de entender por qué en todos los libros de texto que se estudiaban en los colegios se había fijado el año 1989 como el de la caída del muro de Berlín y, por consiguiente, del comunismo, cuando ese movimiento totalitario seguía totalmente vigente hoy en día en el país más grande del mundo. China estaba gobernada por una dictadura comunista. Una realidad que parecía incomodar a la mayoría de Occidente. Y es que era muy duro que el futuro del capitalismo estuviera precisamente en manos del comunismo pero así era.

Un buen número de empresas de la Comunidad Valenciana y de medio mundo tenían puesta su mirada en China. No tan sólo por la competencia que les podía venir desde este país, sino por un nuevo mercado que se abría con más de 1.500 millones de consumidores potenciales. El problema radicaba en que ese nuevo socio no era de fiar pero preferíamos hacernos los despistados. China había cambiado su modelo económico sin cambiar el modelo político. El país había aceptado la economía de mercado pero seguía gobernado por un partido comunista que no estaba dispuesto a celebrar elecciones ni a respetar los derechos humanos.

El caso del artista chino Ai Weiwei era un buen ejemplo de ello. Weiwei era un artista de un gran prestigio internacional que había participado en la Bienal de Venecia, en la Documenta de Kassel y que fue el responsable de la instalación de 100 millones de pipas de girasol realizadas en cerámica en la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres. A pesar de ser también el autor en colaboración con los arquitectos suizos Herzog y de Meuron del estadio olímpico de Pekín, conocido como el nido, Weiwei había destacado en los últimos años por sus críticas al gobierno chino y por la falta de libertades en su país. El castigo de la dictadura china no se había hecho esperar. Weiwei había sido detenido sin cargos durante 80 días en paradero desconocido por una supuesta investigación sobre evasión fiscal. El artista había salido de la cárcel la semana pasada para ser confinado en su vivienda de Pekín y él mismo había rechazado realizar cualquier tipo de declaración a los periodistas extranjeros que lo esperaban a las puertas de su casa. Algo que ya había pasado con otros activistas detenidos por la policía. ¿Qué se podía esperar de un país que tenía a un Premio Nobel de la Paz en la cárcel y a su viuda incomunicada con el exterior?

Lo que no dejaba de ser paradójico era el silencio de la mayoría de gobiernos occidentales. Ninguna condena, ni ninguna palabra de aliento para el artista disidente. Ni siquiera el colectivo de indignados del 15M había levantado la voz para apoyar al artista chino y menos todavía para criticar al gobierno chino. Tan solo algunos museos, como la Tate Modern, auténticos templos de la cultura y la libertad, habían pedido la liberación de Ai Weiwei. Era lo que se llamaba la “Realpolitik”. El dinero mandaba y China prestaba actualmente más dinero a otros países que el mismo Banco Mundial. Así era normal que ningún gobierno se atreviera criticar la falta de derechos humanos en China. Hillary Clinton lo había dejado muy claro antes de una reunión con el presidente chino: ¿cómo voy a criticar a mi banquero?


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"Valdés como pretexto"

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