Crítica

Alfaro íntimo y personal

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Desde que el Plinio El Viejo nombrara a Dipeno y Escilis como los primeros escultores que se hicieron famosos allá por el 500 a. de C., la escultura se había centrado básicamente en esa estatua que permanecía encerrada en un bloque de mármol y que el artista tenía que liberar con el cincel. No sería hasta la llegada del siglo XX cuando la escultura abandonaría el pedestal para nacer directamente desde el suelo, trepar por las paredes o quedar suspendida en el aire como los pájaros.
Medardo Rosso y Auguste Rodin son los primeros artistas que a principios del siglo XX pretenden terminar con ese concepto de la escultura como monumento colocado en un lugar concreto con un significado definido. A partir de ese momento todo vale. Picasso traslada en su “Cabeza femenina” (1909) los principios cubistas a un objeto verdaderamente tridimensional que se puede contemplar desde distintos puntos de vista, Brancusi erige en Targu Jiu todo un territorio escultórico compuesto por “La mesa del silencio”, “La puerta del beso” y “La columna sin fin” (conjunto precusor del “Land Art”), y Julio González intenta “dibujar en el espacio” con el hierro forjado. Toda esa herencia sería absorbida por la escultura española de la segunda mitad del siglo XX con algunos nombres tan destacados como Chillida, Oteiza y Alfaro.
El IVAM, que posee la colección más importante de obras de Julio González, dedica actualmente una exposición a Andreu Alfaro (Valencia, 1929) en la que se muestran 92 esculturas pertenecientes a la colección del propio artista, la que él mismo seleccionó en su día para que permaneciera en su estudio. Tal y como reconoce el comisario de la exposición, Vicente Jarque, hay obras que no están en la muestra porque “al autor no le ha dado la real gana”. Esta sería la principal diferencia con la exposición que el IVAM ya dedicó a Andreu Alfaro en 1990 y que fue comisariada por dos pesos pesados del mundo del arte contemporáneo en España como son Tomás Llorens y Vicente Todolí. En aquella ocasión, la muestra realizaba un recorrido cronológico por la obra de este escultor valenciano en lo que se podía considerar una antológica en sentido estricto. Por el contrario, la actual pretende ser una retrospectiva de la obra de Alfaro a través de su obra más íntima, por lo que llama la atención que se repitan 26 obras que ya pudieron verse en la exposición que esta institución le dedicó hace 17 años. Sobre todo, si tenemos en cuenta que Alfaro tiene una producción de más de 1300 esculturas, tal y como puede comprobarse en el catálogo razonado elaborado por el propio comisario de esta muestra con la ayuda de Tatiana Sentamans.
Lo que sí que queda patente al contemplar esta exposición es la gran aportación de Alfaro a la escultura española de la segunda mitad del siglo XX. La obra de Alfaro recibiría en un principio una mayor influencia de Oteiza - al que dedica un homenaje con una obra en la que juega con los diedros planos al estilo del escultor vasco - que de Chillida, si bien ninguno de los dos primeros llegó a tener la proyección internacional de este último. Sin embargo, Alfaro encontraría un camino propio que se plasmaría en sus “generatrices”, sin duda sus obras más conocidas, pero que compartiría con otras piezas realizadas con tubos de acero y de un aspecto sencillo en las que se plasma, tal y como señala Tomás Llorens, “el interés por conseguir, con un lenguaje de formas geométricamente simples, la mayor complejidad espacial posible”.
Todo ello puede contemplarse en esta exposición, de la que podría decirse aquello que el propio Plinio El Viejo describía en su Libro 36 al explicar que “la gran cantidad de obras que hay en Roma, el olvido y más aún las muchas obligaciones y quehaceres estorban su contemplación”.

 ALFARO
IVAM VALENCIA
C/ GUILLEM DE CASTRO 118
COMISARIO: VICENTE JARQUE
HASTA EL 9 DE DICIEMBRE


 



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"Valdés como pretexto"

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