Viaje

Tras las huellas de Van Gogh en Arles

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Si la relación de Aix-en-Provence con su paisano Cézanne fue siempre de desdén hasta que la cotización y el prestigio del pintor francés se disparó en los años ochenta, la de Arles (otra población de la Provenza) con Van Gogh, quien pasó sus últimos días en esta ciudad, es todavía más paradójica.
El artista holandés llegó a Arles en busca de esa luz que alimenta a los girasoles que brotan en sus campos. Descubrió “un sol que inunda todo con una luz de oro fino” pero vivió también sus días más tormentosos. No en vano, fue en esta población donde tuvo lugar el conocido episodio de la amputación de su oreja tras una disputa con Gauguin. Si a eso unimos que Van Gogh pintó a lo largo de su vida más de 2000 lienzos y que sólo vendió dos, nos podemos imaginar la opinión que los vecinos de Arles tenían de ese pintor borracho, iracundo, con una oreja amputada que deambulaba por sus calles a altas horas de la madrugada maldiciendo a todo aquel que se cruzara en su camino.
 

Esta relación acabó con Van Gogh ingresado en un manicomio por indicación de sus vecinos. Sin embargo, cien años después de su muerte, la altísima cotización de esos cuadros que nunca vendió en vida ha hecho que la huella de ese artista sea uno de los principales atractivos turísticos de una ciudad que cuenta con el anfiteatro romano mejor conservado de Francia. Lo curioso del caso es que el visitante puede seguir la huella de Van Gogh por todo Arles pero no puede contemplar ni uno solo de sus cuadros. Debe de conformarse con pisar el mismo suelo del sanatorio de Arles en el que le ingresaron (reconvertido actualmente en centro de exposiciones con el nombre de “Espace Van Gogh”), cenar en el café situado en la plaza del Forum que inmortalizó de noche sin ni siquiera utilizar el color negro, deambular bajo los árboles del paseo de Les Alyscamps, cruzar el puente levadizo de Langlois (reconstruido como atractivo turístico), contemplar la casa amarilla donde se alojó y que nada tiene que ver con la original, pasear por los campos de girasoles o los de trigales con cipreses que hay a lo largo de la carretera que lleva a Aviñón, o buscar la famosa silla y la habitación que acogieron a Van Gogh durante su estancia en esta ciudad.
 
 
Más de 200 cuadros en los que plasmó el mundo que le rodeaba hasta que se suicidó en medio del campo. Un campo que llegó a retratar de forma premonitoria lleno de cuervos en el último cuadro que pintó antes de morirse y que ahora puede contemplarse en el Museo Van Gogh de Amsterdam.
 

El visitante tampoco encontrará ni uno solo de los rostros retratados durante la estancia de Van Gogh en Arles, como son el doctor Gachet, el subteniente Milliet, el inspector Trabuc, Patience Escalier, Armand Roulin o Joseph Roulin, a no ser que uno se cruce con alguno de sus descendientes que hayan heredado ese parecido físico. De encontrarlos, no le quepa la menor duda de que en su cara llevaran escrito el lamento de no haber comprado en su momento ese retrato realizado por un artista al que siempre despreciaron y cuyas obra valen ahora millones de euros.


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"Valdés como pretexto"

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