De Cézanne a Sorolla

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Había lugares que vivían del pasado, de un pasado intangible que tan sólo había dejado un legado llamado recuerdo. Y de esos recuerdos – “souvenirs” en francés – vivían algunas localidades turísticas como Aix-en-Provence, una ciudad cuyo nombre se unía de manera indisociable y deliberada al del artista Paul Cézanne.

Paul Cézanne era el hijo del banquero de Aix-en-Provence con quien mantuvo una relación difícil durante toda su vida. Cézanne se fue de esta población de la Provenza cuando tenía 22 años y su padre le dio una asignación económica para que pudiera dedicarse a la pintura aunque nunca confió en la carrera artística de su hijo, al igual que sus conciudadanos de Aix, quienes nunca se tomaron en serio a ese artista mantenido por su padre. De nada sirvió que Cézanne disfrutara al final de su vida de un considerable reconocimiento tanto por parte del público como de la crítica. Tuvo que pasar cerca de un siglo desde su muerte para que la población de Aix-en-Provence se volcara con su ciudadano ilustre. De modo que actualmente podía visitarse su estudio en la ciudad, la montaña de Sainte-Victoire (que tantas veces retrató y a cuyos pies Picasso se compró su última casa) o la residencia veraniega del “Jas de Bouffon”, en la que pasó largas temporadas. Sin embargo, ya era tarde para hacerse con obras suyas. La cotización de este artista se había disparado y sus cuadros colgaban de las paredes de museos tan prestigiosos como el Metropolitan de Nueva York, el Museo de Orsay de París, el Philadelphia Art Museum, National Gallery de Londres, Art Institute de Chicago, la National Gallery de Washington, el Museo Pushkin de Moscú, el Museo Thyssen de Madrid o en numerosas colecciones privadas de todo el mundo.

Tan sólo el Museo Granet de Aix-en-Provence había conseguido que el Estado Francés depositara nuevo obras de Cézanne en este centro para que pudieran contemplarlas los habitantes de la ciudad natal del pintor y todos los visitantes que acudían al lugar en busca de la huella de este artista universal.

 Sin embargo, los políticos de la zona habían sabido reaccionar y se habían volcado con las exposiciones temporales, una forma más económica y eficaz de mantener viva la presencia de Cézanne en la zona. En esa línea, Aix-en-Provence acogió en el año 2006 una magnífica exposición retrospectiva de Cézanne que produjo unos ingresos para la ciudad y la región de más de 60 millones de euros. Este verano le había tocado el turno a la influencia que el artista francés ejerció en Pablo Picasso, una exposición organizada por el Museo Granet y que había registrado considerables colas durante todo el período de tiempo en que estuvo abierta al público.

Al fin y al cabo, el arte no dejaba de ser parte de la industria cultural que movía miles de millones de euros. Algo que no había que olvidar en estas épocas de crisis económica en la que algunos tan sólo contemplaban el arte como un dispendio innecesario. El ejemplo de que el arte no era un gasto sino una inversión, lo constituían exposiciones como las de Cézanne en la Provenza o las de Sorolla en Valencia. Ejemplos a seguir y a imitar.

 



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"Valdés como pretexto"

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