Cultura en crisis

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Quién iba a pensar que el estallido de la burbuja inmobiliaria, propiciada por las constructoras, los bancos y los políticos, iba a afectar a la cultura pero desgraciadamente este fenómeno - que en el futuro sería estudiado como el día que los bancos se volvieron locos y los políticos se lo permitieron - había propiciado que todo estuviera en revisión, y la cultura no escapaba a ello. La carga financiera que suponían todos los pisos que los bancos se habían quedado ante los impagos de constructoras y particulares había provocado que el crédito no fluyera hacia las empresas y ni siquiera hacia el sector público, por lo que los gobiernos habían tenido que subir los impuestos y reducir gastos para así hacer lo que deberíamos hacer todos, no gastar más de lo que tenemos.


A la hora de reducir gastos, todas las familias miraban las partidas más importantes y, una vez habían reducido ahí, pasaban a lo que se conocía como gastos hormiga (el café de la mañana, el periódico o el parking de la zona azul). El problema para cualquier gobierno residía en que las partidas más importantes, Educación y Sanidad, eran aparentemente intocables (aunque el tema era tan sencillo como pasar de un Estado del bienestar de cinco estrellas a uno de cuatro o de tres), por lo que las miradas se posaban en los gastos hormiga, y ahí es donde estaba la cultura. La demagogia podía llevarnos a pensar que era absurdo gastarse 47 millones anuales en el Museo del Prado o 16 en el Palau de les Arts, cuando este país tenía cinco millones de parados y muchas familias estaban por debajo del umbral de pobreza. Este razonamiento llevado al extremo hubiera impedido que se creara el Louvre, el Hermitage o podría haber provocado que la Sagrada Familia se hubiera reconvertido en pisos de protección oficial. Todas estas instituciones, además de ensanchar nuestra mente, educar a nuestros hijos, cultivar nuestra sensibilidad y estimular nuestra imaginación, atraían cada año a miles de visitantes que ayudaban al desarrollo económico de las ciudades que las albergaban.


Eso sí, era cierto que, en la época de la burbuja inmobiliaria en la que el dinero fluía de una forma asombrosa, la cultura había sido utilizada en muchas ocasiones por algunos políticos como un simple adorno. La pregunta que muchos se hacían ahora era si todo ese dinero que se gastó a manos llenas nos había hecho más cultos o si habían consistido en simples fuegos de artificio. ¿Alguien se acordaba de la Bienal de Valencia o de los cientos de festivales de cine que había casi en cada municipio de España?


Al igual que el día nacía de la noche oscura, la crisis serviría para que naciera una nueva sociedad mucho más racional que la anterior. Una sociedad con políticos más prudentes y menos corruptos, ciudadanos más responsables y menos conformistas y bancos más controlados y menos avariciosos. El problema era que la noche se estaba haciendo muy larga y el amanecer parecía que nunca llegaba. Pero todo llega.



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"Valdés como pretexto"

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