Una nueva forma de robar

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Quizás le ley Sinde, que permitía cerrar páginas web que se lucraban con las descargas ilegales de películas sin la autorización de un juez, no fuera la más acertada para acabar con este problema pero lo que debía de tener claro todo el mundo era que bajarse una película de forma ilegal por internet era simple y llanamente una vergüenza propia de un país de ladrones y chorizos. Tan sólo, a partir de ese momento, se podía empezar a hablar para encontrar una solución al problema.

¿De qué manera se podía calificar sino un acto que era semejante a que cada mañana a todos los panaderos del mundo les robaran casi todas las barras de pan y se distribuyeran gratuitamente en la plaza de cada población? Aparte de consideraciones morales acerca del acto de robar, una práctica como esta ponía en peligro la producción de pan de un país, pues bajo esas condiciones difícilmente iba nadie a querer dedicarse a ser panadero. Pues lo de las descargas ilegales era igual.

El problema ya no residía en el que grababa la película de forma furtiva agazapado en un cine o el trabajador que la robaba directamente de la productora, ni en el inmigrante susahariano que la vendía en el top manta, ni en las páginas web que las distribuían y ganaban dinero con los innumerables anuncios de sus páginas, ni en las compañías telefónicas que promocionaban sus 50 megas de banda ancha que, todo había que decirlo, sólo servían para descargarse las películas de forma más rápida (como quien vende un fusil con mayor potencia de disparo, ¿potencia para qué?), sino en una sociedad en que la picaresca estaba muy arraigada y que no contemplaba ese acto como algo incorrecto, sino como lo más normal del mundo. Esos ciudadanos evitaban pagar por ver algo que se supone que les gustaba, al igual que el comensal que se iba de un restaurante sin pagar la cuenta (una práctica muy extendida, al menos parcialmente, pues eran muy pocos los españoles que cuando detectaban que el camarero se había olvidado de cobrar algo lo comunicaban al encargado del restaurante, otra forma más de robar).

Si dejábamos de lado las consideraciones morales, esos mismos ciudadanos que disfrutaban del cine no se daban cuenta de que con su actitud ponían en peligro la supervivencia del mismo. Al igual que ningún panadero iba a querer dedicarse a fabricar pan en un país en el que se robara cada mañana el pan de forma impune, ¿quién iba a querer financiar una película que el día del estreno estuviera gratis a disposición de todo el mundo? Ya no sólo se ponía en peligro el talento de un país (afortunadamente estas prácticas no estaban tan extendidas en otros países), sino que se ponía en peligro una industria, pues la cultura suponía el cinco por ciento del PIB español. Debíamos de tener en cuenta que en países como Estados Unidos, lo que ellos llaman la industria del entretenimiento (entertaiment) era su mayor fuente de divisas, por delante de la producción de automóviles. ¿Y alguien se extrañaba de que la Embajada de Estados Unidos en España se hubiera interesado por las medidas que el gobierno español iba a tomar para acabar con las descargas ilegales? Era su obligación, como era la obligación del gobierno español y de toda la sociedad tomar cartas en este asunto. Lo demás era, como mínimo, mirar para otro lado mientras alguien robaba.


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"Valdés como pretexto"

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