El doble mérito de Berlanga

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Acercarse a un kiosko un domingo era como avanzar hacia una trinchera en la que el kioskero se hubiera parapetado entre montañas de diarios, películas de vídeo, cartones con coleccionables y todo tipo de objetos de lo más curioso entre los que destacaban los álbumes de cromos, los juegos de mesa, los cds de música y hasta un esqueleto humano, por no hablar de los cruasanes que regaló un diario de Madrid no hacía mucho tiempo. De modo que uno ya no sabía si con el periódico te regalaban una película o si comprabas una película y te regalaban el diario.

Sin embargo, de vez en cuando estas promociones encaminadas a aumentar las ventas de los diarios y arruinar a las compañías periodísticas deparaban alguna sorpresa agradable como era el caso de la película “El verdugo”, que habían regalado junto con el ABC del pasado domingo.

Era curioso pero el fallecimiento de un creador siempre devolvía a la vida las obras que había creado. La capacidad creativa de Berlanga había desaparecido mucho antes que la persona pero, como se solía decir de una forma un poco rimbombante, sus obras vivirían para siempre en nuestra memoria. El problema residía en que la memoria era selectiva y sólo recordaba lo que quería y, en muchas ocasiones, llegaba a idealizar esos recuerdos. Le había pasado ya con algunas películas y algunos libros que vio y leyó en su juventud y que, al volverse a encontrar con ellos pasado ya un tiempo, nada tenían que ver con los recuerdos que de ellos guardaba.

Por ello se asomó a “El verdugo” con cierta desconfianza y con la sensación de que iba a desmoronarse otro mito de su personal parnaso cinematográfico. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que dicha película no es que aguantara muy bien el paso del tiempo sino que, como el buen vino, ganaba con los años. Esa historia bebía de las fuentes del neorrealismo italiano pero se desarrollaba en esa España de la posguerra plagada de dificultades para los más desfavorecidos, que eran mayoría. El mérito de Berlanga era doble. Por un lado, en una España casi subdesarrollada, había sido capaz de sacar adelante una producción cinematográfica con gran escasez de medios pero con abundante talento y, por otro lado, había tenido que luchar contra la censura, a la que había ganado la batalla. Especialmente memorable era la secuencia en la que la pareja compuesta por la hija del verdugo y el futuro yerno y heredero de su puesto de trabajo se casaban en una iglesia en la que se acababa de celebrar el enlace de una pareja de clase acomodada y cómo los novios humildes aprovechaban el escenario que iba desmontándose por segundos hasta quedarse totalmente a oscuras. Berlanga denunciaba de una forma cómica las diferencias entre ricos y pobres siguiendo la tradición de la novela picaresca española.

Películas como esta debían de servir de motivo de reflexión para muchos cineastas de hoy en día, quienes tenían muchos más medios y muchísima más libertad pero que, paradójicamente, hacían películas bastante peores.


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