El silencio de Twombly en Valencia

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“No tengo nada que decir. Mis obras hablan por mí”. Esa fue la escueta respuesta del artista norteamericano Cy Twombly cuando en 2002 el entonces director del IVAM, Kosme de Barañano, le cedió la palabra en la ceremonia de entrega de la segunda edición del Premio Julio González que cada año entrega este museo.
La actitud de Twombly (quien acababa de fallecer la semana pasada en Roma a los 83 años de edad) contravenía la necesidad de los medios de comunicación de llenar páginas de periódicos y minutos de radio y televisión con una especie de culto a la personalidad que se había instalado en el periodismo cultural. El protagonismo había pasado de la obra al creador, quien muchas veces llegaba a hacer sombra a la propia obra creada. Un escritor podía llenar páginas y páginas de periódicos con ruedas de prensa y entrevistas realizadas con motivo de su última novela, en las que opinaba de lo humano y de lo divino, mientras que tan solo unos pocos lectores llegaban a comprar y leer ese libro que había dado pie a tantos ríos de tinta. Un artista podía aparecer en mil y una noticias a causa de su última exposición sin que ni siquiera apareciera una reproducción de una de sus obras, pues siempre se elegía la fotografía del artista en la entrada del museo o en la sala de prensa.

La obra había pasado a un segundo término. Tan solo la actitud de creadores como Terrence Malick - director de cine que había ganado la última Palma de Oro del Festival de Cannes con “El árbol de la vida” sin ni siquiera haber aparecido en la rueda de prensa de presentación de la película ni en la ceremonia de entrega de los premios – obligaba a que el foco de los medios se centrara en la obra creada. Era una actitud criticada por gran parte de los periodistas quienes, inmediatamente, tildaban al sujeto de antipático y huraño pero era la única forma de luchar contra esa tiranía de ciertos de medios de quedarse en la superficie, de destacar lo anecdótico, de fomentar la figura de las “celebrities”, en definitiva, de hablar de todo menos de lo que realmente importaba. Porque, cuando un artista como Twombly o un director como Malick se negaban a hacer declaraciones impedían que el periodista se limitara a entrecomillar cuatro frases y le obligaban a hablar de la obra y eso suponía un esfuerzo. No había que llevarse a engaño, la cultura podía ser muy gratificante pero, como todo lo bueno en esta vida, requería de un esfuerzo. Había actividades mucho más sencillas pero mucho menos enriquecedoras.

El caso de Twombly era especialmente paradójico. Este artista era, junto con Jasper Johns, el último gran artista vivo del expresionismo abstracto norteamericano y sus obras se habían caracterizado por un arte caligráfico que, en apariencia, las acercaban a los garabatos de los niños. Por tanto, eran carne de cañón para esos listos que despachaban el arte contemporáneo con la manida frase de “pero si eso lo puede hacer un niño de cinco años”. Una afirmación que Twombly desmontaba con sus pinturas y sus esculturas (caracterizadas por el blanco) y Picasso son su célebre cita en la que afirmaba que "desde niño pintaba como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño". Twombly había callado para siempre pero sus obras seguirían hablando durante mucho tiempo por él.


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"Valdés como pretexto"

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