El purgatorio del taller del artista

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Hay obras de arte que permanecen un tiempo en el purgatorio y desde ahí sólo hay dos caminos, bueno, mejor dicho, tres: el cielo, el infierno o seguir en el purgatorio de forma indefinida. Estas obras son las que a la hora de denominar a su autor comienzan con una expresión que dice “Escuela de…” o “Taller de…”. Lo que venga detrás determinará en muchos casos su destino futuro.

Una de estas obras acababa de abandonar el purgatorio en el Metropolitan Museum de Nueva York para entrar en el cielo de las obras atribuidas a Diego Velázquez. Se trataba de un retrato masculino que hasta la fecha se había atribuido al taller del maestro sevillano. Una restauración reciente que había eliminado una gruesa capa de barniz que presentaba el cuadro había hecho que los expertos del Metropolitan se replantearan esta atribución y acabaran asignándola al propio Velázquez. La “aparición” de esta obra también había puesto de manifiesto el parecido del retratado con el único autorretrato conocido de Velázquez, obra propiedad de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y que se encuentra expuesta en el Museo San Pío V de Valencia. Una obra que no lleva la firma del artista pero que nadie duda de que fuera pintada por él. Sin embargo, el lienzo de Valencia fue realizado entre 1641 y 1651 mientras que el de Nueva York fue ejecutado entre 1634 y 1635.

Tras el retrato velazqueño, le había llegado el turno a un joven arquero, una escultura de mármol de autor desconocido que un estudio realizado por un conservador del Metropolitan atribuía ahora a Miguel Ángel Buonarroti. Según este informe, esta sería una de las obras más tempranas del artista italiano pues la habría realizado a la edad de quince años. Sin embargo, otros expertos discrepaban de esta nueva teoría. Ante la falta de consenso, el museo había optado por exponer la obra en su patio español del siglo XVI – desmontado en su día del castillo de Vélez Blanco e instalado pieza a pieza en medio del museo -  para que los visitantes la juzgaran por sí mismos. Todo indicaba que esta escultura  no iba a salir con tanta facilidad como la anterior del purgatorio.  

Las obras eran las mismas, sin embargo la autoría les dotaba de un aura, en palabras de Walter Benjamin, que las hacía totalmente diferentes y, por supuesto, incrementaba de forma considerable su valor económico. Alguien podría pensar que tanto trasiego de autoría de obras de arte pertenecientes a la colección del Metropolitan de Nueva York podría deberse a una forma de hacer frente a la crisis económica pero el rigor que siempre había demostrado este museo alejaba toda sospecha de fraude.

Mientras unos catalogaban obras de grandes maestros de la  Historia del Arte otros, como el Prado, descatalogaban una de las obras más conocidas de Francisco de Goya, “El coloso”, y además lo hacían de una forma poco rigurosa y sin el consenso de la comunidad artística internacional. Dos países, dos maneras de actuar.



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"Valdés como pretexto"

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