La pervivencia del Impresionismo

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No dejaba de ser curioso en pleno siglo XXI, la temporada artística la fueran a protagonizar una serie de artistas nacidos en el siglo XIX. Nombres como Renoir, Degas o Monet iban a acaparar las grandes exposiciones de otoño en ciudades como Madrid, Barcelona o París. El éxito de los impresionistas era algo universal. El Prado, tras el éxito de la exposición de Manet, iba a probar suerte con una treintena de obras de Renoir, muy pocas para un museo de su nivel. El Museo Picasso de Barcelona tenía la intención de enfrentar la obra del pintor malagueño a la del francés Degas, quien fascinó al primero. El Thyssen iba a centrarse en los jardines impresionistas, siguiendo la estela de la magnífica exposición titulada “Monet y la abstracción”, que pudo contemplarse la temporada pasada. Y, precisamente, Monet iba a ser el gran protagonista del otoño artístico parisino con una gran muestra que iba a reunir en el Grand Palais más de doscientas obras suyas provenientes de todo el mundo. Un trance por el que ya habían pasado otros ilustres artistas franceses como Gauguin, Vuillard o Bonnard, quienes habían tenido su retrospectiva en el Grand Palais, lugar elegido por las autoridades galas para rendir homenaje a sus artistas más ilustres y atraer así a miles de visitantes a la capital francesa.

A pesar de este éxito unánime de los impresionistas, muchos de ellos no pudieron disfrutar del mismo durante su vida. Su revalorización crítica y económica vino mucho más tarde. Quizás el caso más paradigmático sea el de Vincent van Gogh, quien pintó a lo largo de su vida más de 2000 cuadros de los que tan sólo vendió dos. Y es que los impresionistas fueron rechazados en su momento, expulsados de los salones y despreciados por los coleccionistas. De hecho, el Impresionismo pasó de largo por España. Ningún autor siguió esa corriente y los coleccionistas españoles no demostraron ningún interés por sus obras. La burguesía española, muy conservadora en sus gustos, se decantó por artistas españoles como Sorolla, Zuloaga o Rusiñol, pero ignoró esos vecinos franceses que marcaron un hito en la Historia del Arte y abrieron el camino hacia la abstracción.

Ese enorme vacío en las colecciones museísticas españolas pudo subsanarse con la apertura del museo Thyssen-Bornemisza, que posee prácticamente las únicas obras impresionistas que pueden contemplarse en nuestro país. En el ámbito del coleccionismo privado, Juan Abelló ha podido reunir un destacable conjunto de obras sobre papel de autores impresionistas - tal y como se pudo contemplar recientemente en el Centro del Carmen de Valencia - porque los desorbitados precios que han alcanzado los lienzos de estos autores están al alcance ya de muy pocos bolsillos.

La gran paradoja del Impresionismo reside en que fue rechazado por gran parte de la sociedad en su momento y es ahora mismo aceptado por todos los públicos, hasta el punto de que muchos jóvenes adolescentes decoran las paredes de sus habitaciones con pósters que reproducen obras de estos artistas. Un fenómeno que debería hacer reflexionar a gran parte de la sociedad actual que rechaza el arte más contemporáneo. Habrá que ver si sus hijos o nietos acaban colgándolo en sus habitaciones en forma de pósters o vídeos.


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"Valdés como pretexto"

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