Julio González. Un reconomiento tardío

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 Si alguien aún albergaba a estas alturas alguna duda sobre la calidad de la obra de Julio González (a quien debe su nombre la sede principal del IVAM), tan sólo tenía que visitar la magnífica exposición que le dedicaba actualmente el Museo Reina Sofía de Madrid que reunía cerca de 200 obras de este artista fallecido en 1942. Y si uno no podía trasladarse a la capital, siempre le quedaba la exposición “Julio González versus Pablo Picasso” en el IVAM o “Joyas del arte moderno” en el EMAT de Torrent, donde podría contemplar su trabajo en orfebrería.

La exposición del Reina Sofía era una de esas grandes antológicas que tan sólo podía realizar un museo que tuviera unos valiosos fondos con los que cambiar cromos con otros grandes museos del mundo. Porque esta muestra contenía obras prevenientes del MOMA de Nueva York, del Pompidou de París, del Hishhorn de Washington, de la Tate de Londres, de la Fundación Maeght, del Kröller-Müller holandés, del museo de Filadelfia, del de Zurich o del IVAM, que era la institución con una mayor colección de obras de este artista, cerca de 400. Tan sólo la nómina de instituciones que custodiaban obra de Julio González ya era un aval sobre su calidad pero, por si esto no fuera suficiente, la contemplación de sus esculturas - en un acertado montaje de peanas y paredes blancas sobre las que destacaba más todavía el negro del hierro forjado -  despejaba todo tipo de dudas.

Julio González fue un avanzado a su tiempo que buscó un lenguaje propio basado en lo que él mismo denominó “dibujar en el espacio” pero no fue hasta la última década de su vida, cuando había sobrepasado los 50 años, que alcanzó ese estilo propio que le ha llevado a ser reconocido como uno de los grandes escultores del siglo XX. González se formó como artesano en el taller de su padre y, aunque la orfebrería fue su principal sustento económico, él siempre mostró una vocación artística que trabajó al lado de artistas como Pablo Picasso, cuya influencia fue crucial en su carrera, tal y como señala Brigitte Leal en el catálogo de esta exposición. El pabellón español de la Exposición de París de 1937 instaló en su entrada la obra Montserrat de Julio González que daba paso a obras tan conocidas como el Guernica de Picasso, el Segador catalán de Joan Miró, la Fuentede Mercurio de Alexander Calder y la escultura de Alberto Sánchez El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, que puede contemplarse actualmente a la entrada del Museo Reina Sofía.

Fue la etapa de mayor reconocimiento que tuvo en vida Julio González. Alfred Barr – con toda seguridad el mejor director que ha tenido un museo – había adquirido ese mismo año para el MOMA una de sus esculturas, una de las mejores que pueden verse en esta exposición y que ponen de manifiesto el inigualable olfato de Barr a la hora de descubrir el talento antes que nadie. González falleció cinco años después. Picasso habló en su funeral y pintó tres bodegones en su honor. Ningún periódico español se hizo eco de su muerte.

 

 



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"Valdés como pretexto"

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