La arquitecta japonesa

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Cuando Kazuyo Sejima tenía ocho años, sus padres decidieron hacerse una casa, por lo que compraron revistas para buscar ideas. Así fue como la pequeña Kazuyo vio en una de esas revistas una casa diseñada por Kiyonari Kikutake, el maestro del arquitecto Toyo Ito. Esa casa le fascinó. Posteriormente, sus padres se trasladaron a una urbanización de pareados para los trabajadores de Hitachi. Allí vivía un ingeniero americano, en cuya vivienda entró un día Kazuyo y comprobó que era totalmente diferente a la suya. La habían transformado por dentro, las casas eran aparentemente iguales en su exterior pero, en su interior, había una gran libertad individual.

Esos dos momentos en la vida de Sejima fueron los que le llevaron a estudiar arquitectura. Una de las primeras construcciones de esta joven arquitecta japonesa fue la Casa de los ciruelos. Su éxito fue tal que el maestro Kikutake pidió visitar esta casa. Sejima se la enseñó. La pregunta estaba clara. ¿Le contó que había sido su casa lo que la había empujado a hacer viviendas? “Tan claro no. Pero creo que, por lo que hablamos, se debió de dar cuenta. Espero que se diera cuenta”.

Sejima había estudiado en la Universidad de las Mujeres, una institución progresista que surgió en Japón tras la Segunda Guerra Mundial. Solicitó plaza en tres universidades pero sólo le admitieron en esta. “Mi padre era un tipo que jamás hablaba. Hablaba poquísimo, pero esa vez lo hizo. Dijo que no debía perder un año de mi vida, que estudiara allí. Y como nunca hablaba, para una vez que lo hacía, le hice caso”.

El único tema que le hizo dudar de su vocación como arquitecta fue la moda, algo que admiraba hasta el punto de que compraba prendas que nunca se ponía. ¿Para qué las compraba? “Para mirarlas. Las saco del armario y las miro”.

La arquitectura era la vida de esta japonesa de apariencia frágil que había obtenido el León de Oro de la Bienal de Arquitectura de Venecia por el diseño de la ampliación del IVAM en Valencia. Sejima tan sólo dormía cinco horas al día y trabajaba de diez de la mañana hasta las dos de la madrugada. “Son 15 horas o algo así. Como y ceno en el trabajo”. Incluso corría la leyenda de que la gente de su oficina dormía debajo de la mesa. “¡Es verdad! [Se ríe]. Nos agotamos. Yo también me meto después de cenar. Treinta minutos y como nueva”. ¿Debajo de la mesa? “Sí. Es como un cuartito. Tengo una colchoneta y la despliego”.

La entrevista de Anatxu Zabalbeascoa ya llegaba a su fin. La siguiente pregunta parecía obligada: ¿Qué ha tenido que sacrificar para ser la arquitecta que es? Pasa el tiempo y Sejima no contesta. Ya le ha pasado con otras preguntas. Finalmente, la entrevistadora escribe: “No entiende la idea de sacrificio”. Japón. Tan fascinante, tan diferente.



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"Valdés como pretexto"

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