Crítica

La Viena de 1900 en la National Gallery

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La National Gallery acoge actualmente una de esas exposiciones que tan solo pueden organizar grandes museos del mundo como son la propia National Gallery, el Metropolitan de Nueva York o el Prado. En esta ocasión, le ha tocado el turno al ascenso y la caída del Imperio Austro-Húngaro a través del género del retrato, que tanto éxito tuvo en su capital, Viena, una floreciente ciudad internacional y multiétnica en la trabajaban artistas de la talla de Gustav Klimt, Egon Schiele u Oskar Kokoschka.


Debemos tener en cuenta que entre 1867 y hasta el final de la Primera Guerra Mundial en 1918, Viena fue la capital del Imperio Austro-Húngaro, un territorio que englobaba lo que ahora serían 11 países diferentes y que empezó con una reforma moderna y liberal que daba cabida a todas las religiones, y acabó con la eclosión de una serie de movimientos nacionalistas y antisemitas. Para narrar ese periodo, esta exposición recurre a más de 70 obras provenientes de 35 museos e instituciones de 17 ciudades diferentes, además de las colecciones privadas, en una ambiciosa exposición que destaca por la calidad de sus obras y la cuidada iluminación de las mismas.


El recorrido se articula a través de seis apartados bien diferenciados. El primero, titulado "Los viejos vieneses", hace referencia a una exposición que tuvo lugar en la galería Miethke en la que se mostraban 146 retratos de la vieja burguesía vienesa para que la conocieran los nuevos vieneses llegados de todo el mundo. El segundo apartado, "La familia y el niño", se centra en los hogares vieneses en los que el niño era un símbolo de la inocencia. "La llamada del artista" es el tercer capítulo de esta muestra y en ella vemos cómo muchos artistas se autorretrataban como seres atormentados siguiendo las enseñanzas de uno de los ciudadanos vieneses más conocidos, Sigmund Freud, con la intención de promocionarse en una ciudad más pequeña que Londres, París o Berlín, y en la que había que luchar por el favor de los mecenas. Asimismo, vemos que el autorretrato era una buena ocasión de experimentar con las diversas formas de iluminar, como ya hiciera Rembrandt en su época. 


La sala dedicada a "Los nuevos vieneses" muestra el retrato como una demostración del estatus socio-económico. Esta sala da paso a una de las más interesantes de la muestra, la dedicada a "El amor y la pérdida", en la que vemos el retrato como una declaración de amor y como una conmemoración de la muerte. Aquí encontramos el retrato de la mujer de Egon Schiele moribunda, el del hijo de tres años de Klimt ya fallecido o el de la joven Ria Munk, quien decidió quitarse la vida por un desengaño amoroso y cuya familia encargó a Klimt un retrato en su lecho de muerte y otro póstumo en la flor de la vida.


Finalmente, la última sala reúne una serie de retratos realizados en las postrimerías del Imperio Austro-Húngaro. Como nota curiosa, se reúnen los tres de los hermanos Schmidt realizados por Kokoschka. Uno de ellos pertenece a una colección privada, otro al Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y el tercero a Carmen Cervera. La exposición se cierra con el magnífico retrato inacabado de Amalie Zuckerkandl realizado por Klimt durante su último año de vida. La retratada se había convertido al judaísmo para casarse con un cirujano vienés, por lo que acabó sus días en el campo de concentración de Terezín. Toda una premonición de lo que vino tras la caída del Imperio Austro-Húngaro.



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Trailer del documental
"Valdés como pretexto"

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