Crítica

La vigencia de Diego Rivera

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¿Cómo organizar una exposición del pintor Diego Rivera (1886-1957) dada la imposibilidad de trasladar sus murales a un museo? A este reto se enfrentó el MOMA de Nueva York cuando en 1931 propuso al artista mexicano una gran muestra de su obra, la segunda dedicada a un autor vivo tras la realizada sobre Matisse.

La solución siguió una variante de aquel refrán que dice que si la montaña no puede ir a Mahoma, que Mahoma vaya a la montaña. Y fue así como el MOMA invitó a Diego Rivera a pasar seis semanas en un estudio habilitado en una de las salas del museo para crear allí, junto con tres asistentes, cinco murales portátiles compuestos por grandes bloques de yeso, hormigón y acero, que representaban distintas escenas de la historia de México. Tras la inauguración de la exposición, Rivera creó tres murales más con temas extraídos de la ciudad de Nueva York y la dura depresión económica que atraveasaba en este momento.


Ahora, pasados 80 años de aquella experiencia, el museo neoyorkino ha vuelto a reunir a cinco de esos ocho murales (uno está desaparecido y los dos que se encuentran en el Museo de Filadelfia no han sido prestados para la ocasión) en una cuidada muestra que también reúne diversos bocetos de estos murales y abundante documentación sobre el famoso mural realizado en el Rockefeller Center, un proyecto que comenzó a gestarse durante su estancia en el MOMA.


La fascinación que la sociedad norteamericana, clara exponente del capitalismo, ha sentido por este muralista mexicano de firmes convicciones comunistas sigue vigente hoy en día a tenor de los numerosos visitantes que se han acercado a contemplar de nuevo esta exposición. Una relación que, como la misma comisaria sugiere en el texto del catálogo de la exposición, no fue en su día tan lejana "como podría presumirse mirando hacia atrás a través de las lentes de la guerra fría". Y es que estos murales hablan de la explotación de los más desfavorecidos a manos de los poderosos. Esta explotación comienza con los conquistadores españoles y el mural titulado "Guerrero indio", en el que vemos a un azteca vestido de jaguar que acuchilla con un puñal de piedra a un conquistador español protegido con una armadura metálica. Rivera muestra en esta pintura ese gusto por el primitivismo que también experimentarían los artistas europeos de la época  y, al mismo tiempo, en los detalles de la armadura, demuestra un amplio conocimiento de la pintura italiana, de autores como Caravaggio, que contempló durante su larga estancia en Italia en 1920 donde acudió a aprender las técnicas de la pintura al fresco. 


Esa explotación sigue presente en los murales titulados "Caña de azucar" y "Liberacion del peón" (ambos ausentes de la exposición), y en "Zapata líder agrario" y "El levantamiento", que hacen referencia a diversos episodios en torno a la revolución mexicana. En ellos, los mexicanos de orígen indígena son o bien los explotados o bien los revolucionarios que pretenden cambiar el sistema, y los hacendados con piel más clara son los explotadores. Una simetría que también aparece en los grandes murales que Diego Rivera pintó en el actual Palacio Presidencial o en el Palacio de Bellas Artes, ambos en México DF, con la diferencia de que los paneles móviles del MOMA no alcanzan la maestría de los grandes murales realizados en su tierra natal. Sin duda alguna, la técnica al fresco está diseñada para ser ejecutada en grandes superficies y estos paneles portátiles no dejan de ser una pequeña muestra de la grandiosidad que pueden llegar a alcanzar.

Otro análisis que puede extraerse de esta exposición es el papel secundario que presentaba en aquel momento su compañera, Frida Kahlo, frente a la arrolladora personalidad y la contundente obra del pintor mexicano. Una relación que, con el paso del tiempo, habría evolucionado hasta el punto de que las pinturas atormentadas de Kahlo habrían desplazado en cuanto a su valoración, tanto por parte del público como por la crítica, a las manifestaciones comunistas de Rivera, quizás como reflejo de una sociedad que cada vez se ha hecho más individualista y mira más hacia el interior de cada uno en lugar de hacerlo hacia el bien común y la construcción de una sociedad más justa.  


Por último, la exposición dedica un capítulo al mural titulado "El hombre en la encrucijada", que Rivera realizó para el Rockefeller Center. Aquí, podemos ver dibujos, fotografías y cartas en las que se le pide formalmente al artista que elimine la figura de Lenin de dicho mural. Algo a lo que Rivera se negó, por lo que, finalmente, la familia Rockefeller - Abby Aldrich Rockefeller fue la fundadora del MOMA y coleccionista de Rivera - optó por destruir dicho mural. Tal y como señala la crítica del New York Times Karen Rosenberg, "Rivera no pudo resistir morder la mano que le daba de comer". Un mano generosa que, a pesar de todo, ha vuelto a abrir sus puertas al maestro mexicano. 


DIEGO RIVERA: MURALES PARA EL MUSEO DE ARTE MODERNO

MOMA. NUEVA YORK

COMISARIA: LEAH DICKERMAN

HASTA EL 14 DE MAYO DE 2012




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"Valdés como pretexto"

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