Crítica

Manolo Valdés. El detalle como icono

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“Ars longa, vita brevis”. La cita de Hipócrates cobra todo su sentido cuando uno visita un castillo como el de Chambord, cuya construcción se inició en 1529 bajo el reinado de Francisco I, y que consta de 426 habitaciones, 77 escaleras y 282 chimeneas. La sensación que uno tiene al entrar en este tipo de edificaciones es que han acabado convertidas en una especie de moradas sin alma. Sin embargo, exposiciones como esta de Manolo Valdés (Valencia, 1942) dotan de una gran vitalidad a estos espacios y los convierten en unas galerías de arte pobladas por muy diversos personajes. Porque, al igual que las pinturas de Tiziano llenan de individuos de carne y hueso diversas estancias de Venecia, las obras de Valdés dan vida a las distintas salas del castillo.
 
 
El recorrido de esta exposición, comisariada por Kosme de Barañano y compuesta por más de 70 obras de los últimos 20 años, comienza en el exterior del castillo, en un cruce de caminos frente a la puerta principal en el que cuatro cabezas monumentales se cruzan las miradas. Estos cuatro retratos de bronce se diferencian entre sí por los diferentes tocados que el artista diseña con muy diversas formas. Quizás la colocación de estas esculturas sea uno de los mayores aciertos de esta muestra pues establecen a su vez un diálogo con las innumerables torres que pueblan el tejado de Chambord, uno de sus rasgos más característicos, y que también funcionan a modo de sombrero del castillo.
 
 
Una vez se cruza la puerta de la muralla, dos caballos, uno con una dama y el otro con un caballero, reciben al visitante que se adentra en una estancia con planta de cruz griega articulada alrededor de una gran escalera circular. El segundo piso acoge las obras de Valdés con cuatro salas claramente diferenciadas. En una de ellas podemos encontrar sus conocidas Meninas, en la otra las esculturas de madera (entre las que vemos unas Reinas Marianas de 1982 que constituyen una de sus primeras obras tras la disolución de Equipo Crónica), en la tercera encontramos una serie de damas presididas por una versión en madera pintada en blanco del retrato ecuestre de Isabel de Francia, y en la cuarta sala vemos una máscara reciente, junto con perfiles velazqueños y un alabastro titulado “Horta del Ebro V”, en cara referencia al paisaje cubista de Picasso del mismo nombre.
 

Y es que en todas las obras de Valdés encontramos ese fragmento perteneciente a obras de los grandes maestros de la Historia del Arte que él eleva a la categoría de icono. Del mismo modo que Jasper Johns tematiza la bandera y el mapa de Estados Unidos, Valdés hace lo propio con distintos fragmentos de la Historia del Arte, de Velázquez a Lichenstein, pasando por Rembrandt, Tiziano, Bonard, Matisse o Picasso. Precisamente, el pintor malagueño fue objeto de una exposición en el Grand Palais de París titulada “Picasso et la maitres” en la que se profundizaba en la relectura que el artista realizó de la Historia del Arte, lo que algunos historiadores han llegado a llamar canibalismo pictórico, una expresión que también podría aplicarse al trabajo de Valdés. En palabras del propio Picasso, “comer las cosas para mantenerlas vivas”.

En definitiva, una muestra que se suma a las realizadas por Valdés en Francia – como en el castillo de Chenonceaux, en la Foundation Maeght de St. Paul de Vence o en el Palais Royal de París - y que pone de manifiesto que la desmesurada arquitectura del castillo no empequeñece sus obras, uno de los riesgos de exponer en un lugar como este, sino que se complementan en un diálogo histórico de largo alcance.
MANOLO VALDÉS. CAZA, OJEO Y ATAQUE A LA HISTORIA DEL ARTE
CHÂTEAU DE CHAMBORD. FRANCIA

COMISARIO: KOSME DE BARAÑANO

HASTA EL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2010



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Trailer del documental
"Valdés como pretexto"

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