Murakami en Versalles

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Francia había decidido abrir sus palacios reales al arte contemporáneo siguiendo la tradición marcada por el Louvre, que en 1793, a través de un decreto de Napoleón, pasó de ser el palacio de los reyes a convertirse en un museo para la contemplación de las colecciones reales por parte de todos los ciudadanos. El artista japonés Takashi Murakami inauguraba esta semana una exposición en el Palacio de Versalles (algo que ya había realizado Jeff Koons), el valenciano Manolo Valdés acababa de realizar una exposición en el castillo de Chambord, a la que había precedido otra en el de Chenonceaux en 2005, y Miquel Barceló hacía lo propio en el Palacio de los Papas de Aviñón.

Toda una serie de actividades encaminadas a dotar de vida a una serie de estancias que el visitante encontraba habitualmente vacías, y que estas exposiciones dotaban de una gran vitalidad en contraste con lo que uno podía encontrar en castillos como el de Blois o el de Chiverny, auténticas joyas del Valle del Loira cuyas enormes salas vacías podían llegar a cansar al que las visitaba. Y es que estos monumentos habían gozado de un gran esplendor en el pasado pero, al haber pasado a formar parte del patrimonio público, su naturaleza había quedado desdibujada. Los muebles del Palacio de Versalles constituían un ejemplo paradigmático del periplo por el que habían pasado estas estancias palaciegas. Todo el mundo sabía que este palacio lo construyó Luis XIV, lo disfrutó Luis XV y lo pagó Luis XVI con su cabeza. Lo que muy pocos sabían era que, tras el saqueo del palacio llevado a cabo durante la Revolución Francesa, muchos de sus muebles fueron adquiridos en el mercado negro por anticuarios rusos quienes los vendieron a compatriotas suyos, por lo que estos muebles sufrieron nuevamente el saqueo debido, en esta ocasión, a la Revolución rusa de 1917, momento en el que algunos muebles pudieron ser recuperados de nuevo y vendidos al gobierno francés para volver a instalarlos en Versalles.

Estos escasos muebles que pudieron retornar a su origen tras sus múltiples viajes de ida y vuelta convivían ahora en Versalles con las esculturas de Murakami, representante de lo que podía denominarse la “japonización” del arte pop. El artista japonés había expuesto su obra recientemente en el Guggenheim de Bilbao y en la sala de exposiciones de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) en Valencia. La muestra de Versalles, como en su día pasó con la de Koons, había levantado ampollas entre los sectores más tradicionales de la cultura francesa. Sin embargo, no dejaba de ser interesante situar la obra de un artista perteneciente a un país como Japón - en el nunca existió la separación ente alta cultura y cultura popular - en el santuario de la separación de clases, el Palacio que mejor representaba el esplendor del lujo, el lugar que presenció las suntuosas fiestas de Luis XIV y María Antonieta mientras la clases populares se morían de hambre.

Al fin y al cabo, el lema de la Revolución Francesa de “Libertad, Igualdad y Fraternidad” seguía vigente en un país en el que todo era objeto de debate y en el que había casi tantas opiniones como ciudadanos.


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Trailer del documental
"Valdés como pretexto"

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