Olafur Eliasson. Arte y compromiso social

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Una nube de fotógrafos y cámaras rodea a Olafur Eliasson como si se tratara de una estrella de Hollywood mientras intenta avanzar en una nave industrial acondicionada como espacio expositivo para la Fundación Francesca Thyssen-Bornemisza en Viena (TBA 21). Eliasson está acostumbrado a los focos pero aún así se le ve incómodo ante tanto trasiego de periodistas. Quizás sea porque no se trata de una inauguración al uso sino de un taller artístico con refugiados provenientes de países como Siria, Afganistán, Irak o Nigeria.


Anas Al Jajej es uno de los participantes en este taller que comenzó el 12 de marzo y que durará hasta el 5 de junio. Estudiaba Arquitectura en la universidad de Damasco hasta que vio que a causa de la guerra su vida se detenía. Fue entonces cuando decidió buscar su futuro en tierras lejanas. Un periplo que le llevó a ese viaje de la infamia que vemos todos los días en los medios de comunicación a través de países como Macedonia, Croacia o Hungría hasta que, tras diez días, llegó a Austria, lugar que califica como “el país de las artes”. Anas lleva seis meses en Viena y, como tantos otros jóvenes permanece en un limbo jurídico hasta que pueda obtener o no la residencia, un tiempo que puede prolongarse durante más de un año en el que estos jóvenes no pueden hacer nada. Ahí es cuando surge esta iniciativa de TBA 21 junto con Caritas y Cruz Roja internacional de intentar la integración de estos jóvenes a través del arte. Como apunta Francesca Thyssen, “el arte puede ser un arma muy poderosa, tan solo hay que saber utilizarla”.


Estos jóvenes acuden todos los días al TBA 21 donde montan unas lámparas diseñadas por Eliasson denominadas “Green Light”, que luego se venden en el propio centro y a través de su web por 300€, un dinero que se destina a las ONGs que ayudan a los refugiados. Además, comen en el centro y por la tarde reciben clases de diversas materias como alemán, teatro, cine o cultura europea. El taller lleva tres semanas en marcha pero Eliasson ha venido hoy a protagonizar una jornada repleta de mesas redondas y testimonios de los participantes.


La entrevista está concertada desde hace semanas y finalmente Eliasson se sienta en una mesa de la cafetería tras varias horas de interacción con los participantes del proyecto. Se le ve cansado. Y es que tanto la mente como el cuerpo de Eliasson están en continuo movimiento. Algo normal si tenemos en cuenta que acaba de clausurar una exposición en el palacio de invierno del príncipe Eugenio de Savoya en Viena e inaugurar una en el Long Museum de Shanghai, que trabaja entre diez y veinte grandes proyectos cada año y en que tiene un estudio en Berlín con más de 100 asistentes a los que tiene que mantener y una casa en Copenhague donde le espera su mujer y sus dos hijos de diez y doce años. 


De hecho, Eliasson señala que solo hay un motivo por el que ha rechazado  algunos encargos: “Mis hijos. Pasar más tiempo con ellos”. Este artista nacido en Dinamarca pero de origen islandés, confiesa que "me gusta mucho trabajar pero he aprendido a apagar el móvil".


Eliasson alcanzó el reconocimiento muy pronto en su carrera. La intervención denominada “Green River” ayudó a que su trabajo se conociera en ciudades como Estocolmo, Bremen, Los Ángeles o Tokio. Este proyecto consistía en teñir los ríos de estas ciudades de color verde (un color que habitualmente se asocia con lo saludable pero que en un río puede ser interpretado como algo tóxico o contaminante). Una acción que realizaba de forma totalmente clandestina y sin previo aviso con un colorante denominado uranina, un tinte fluorescente inocuo y soluble en agua. Se trataba de ver la reacción de la gente que iba desde “la investigación policial que se inició en Tokio preguntando a los vecinos quién lo había hecho hasta la indiferencia de los ciudadanos de Los Ángeles".  Sin embargo, Eliasson confiesa que desde los atentados del 11 de septiembre ha dejado de realizar estas intervenciones porque “antes la sociedades tenían más confianza, ahora viven con miedo. Si volviera a hacer Green River, la gente pensaría que se trata de un ataque terrorista y no es un proyecto que pretenda instrumentalizar el miedo".


Tras estas y otras obras públicas desplegadas en ciudades de todo el mundo, llegó el proyecto que le consagró como artista y popularizó entre el gran público: “The weather Project”, ese gran sol que instaló en la sala de turbinas de la Tate Modern y al que la gente acudía a tumbarse como si se tratara de un playa. “La diferencia de este proyecto con otros que había hecho previamente es que, a partir de este proyecto, los niños empezaron a venir a mis exposiciones”


Eliasson es un artista que trabaja con materiales tan diversos como el hielo, el musgo o los cactus. Materiales vivos cuya conservación y mantenimiento no le preocupa pues piensa que “los conservadores de los museos deben adaptarse a los materiales y no los materiales a los conservadores”. Su preocupación se centra más en que "la contaminación acabe con mi paleta y no tenga más hielo para hacer esculturas".


La investigación sobre nuevos materiales es una parte importante de la labor que realiza su amplio estudio en el que emplea a cerca de cien trabajadores de lo más variado y que clasifica en tres grandes grupos: “los artesanos, los arquitectos y un tercer grupo en el que incluyo a la gente de publicaciones, redes sociales, cine, equipo de exposiciones…”. Eliasson señala que "el estudio ha crecido lentamente a lo largo de veinte años" y considera que hoy en día "el estudio de un artista es una institución como lo es el museo".


Un ingente equipo dirigido por una única persona a la que le mueve algo tan sencillo como es la curiosidad. “La curiosidad es muy importante en mi trabajo pero no es algo que se puede forzar", señala. "Cuando noto que pierdo la curiosidad, siento que debo ir más despacio en mi trabajo". 


Eliasson ha realizado exposiciones y proyectos tanto en espacios abiertos como en edificios históricos o en las salas neutras de los museos (lo que en inglés se denomina “White cube”). Una de sus intervenciones más conocidas en espacios públicos consistió en la instalación de cuatro enormes cataratas artificales en diversos enclaves de la ciudad de Nueva York. “Creo que es importante exponer en todos los sitios pero las exposiciones en espacios abiertos son más accesibles para el público porque mucha gente piensa que las galerías y los museos son elitistas o quizás aburridos".


El trabajo de este artista danés también se ha caracterizado por su compromiso social y la ayuda a los más necesitados. Su proyecto más importante en este campo es "Little sun" que pretende llevar la luz a los lugares a los que aún no ha llegado la electricidad. Para ello, ha diseñado junto con el ingeniero Frederik Ottensen unas pequeñas lámparas de leds con forma de sol que se cargan con la luz solar y que tienen una autonomía de cuatro horas a la máxima potencia y diez a la mínima. El precio es de 10 dólares (4.57 dólares de gastos de producción más los gastos de transporte) y llevan vendidas más de 500.000 unidades en países de África. Eliasson señala que va a dar un paso más y en breve va a lanzar un teléfono móvil solar. "Quiero lanzarlo en España porque en gran parte de su territorio brilla el sol y estoy buscando un socio que se encargue de su comercialización en las tiendas. El precio será de 99 euros en España y 25€ en África".


El día ha comenzado a las once de la mañana y llega a su fin tras una cena con más de 200 invitados. Eliasson continúa charlando con los refugiados participantes en el taller. Quizás, de ahí salgan algunas ideas para nuevos proyectos o puede que incluso alguno de estos jóvenes acabe trabajando en el estudio de este artista que nunca está quieto y al que le esperan proyectos en todo el mundo.


Nota: Artículo publicado en la revista Cambio 16



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"Valdés como pretexto"

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