El mercado del arte y los padrinos
Las listas estaban en todos lados. La obsesión por jerarquizarlo todo nos había llevado a elaborar la lista de los hombres más ricos del mundo, los 40 principales de la música o las mejores películas de la historia del cine. El arte contemporáneo español no era ajeno a esa tendencia y ahora había aparecido de nuevo el “top ten” de los artistas españoles vivos más cotizados.

La calidad del arte contemporáneo era algo difícilmente mesurable. De hecho, cada vez que se elaboraba una lista de los mejores artistas españoles, cada crítico de arte tenía la suya propia que poco tenía que ver con la del vecino. Por tanto, tan solo había una característica que era objetivamente mesurable: el precio alcanzado en una subasta pública. La casa de subastas Christie’s acababa de subastar la obra “Faena con muleta” realizada por Miquel Barceló en 1990 por 4.440.507 euros, alcanzando así el liderato del artista español vivo más cotizado en una subasta de arte. Este nuevo récord había vuelto a aflorar la lista de los artistas más cotizados y entre los cuatro primeros se encontraba un valenciano, Manolo Valdés. Tras Barceló, encabezaba el segundo puesto Antonio López con su paisaje “Madrid desde Torres Blancas” (1976-1982), que había alcanzado la cifra de 1.917.837 euros. El tercer lugar era para Tàpies y su “Blanc amb signe vermellós” (1963), que había sido vendido por 1.075.074 euros (Tàpies también tenía el honor de ser el único artista español vivo presente en la exposición de la colección permanente del MOMA de Nueva York). Valdés era cuarto con su “Matisse como pretexto” (1988), que había sido subastado por 505.000 euros.
Los precios de las obras de arte no los marcaban los críticos, ni los historiadores, ni los museos sino los coleccionistas, que eran quienes estaban dispuestos a rascarse el bolsillo para poseer un cuadro,  la relación más íntima que uno podía establecer con una obra de arte según Walter Benjamin. Pero ¿qué compraban los coleccionistas? Pues lo que lo que les ofrecían las galerías – que eran quienes gestionaban el mercado primario, la venta que se realizaba directamente del artista al coleccionista – y las casas de subastas, encargadas del mercado secundario, el que tenía lugar entre coleccionistas. Por tanto, el papel de las galerías de arte era fundamental para que un artista alcanzara una alta cotización y ese mundo estaba controlado por muy pocas manos y todas ellas internacionales.
 
Aparte de la calidad artística, algo que, al igual que el valor en el torero, se presumía a partir de cierto nivel de cotización, era muy importante dejarse llevar por una galería internacional. Detrás de gran parte del éxito de Miquel Barceló estaba el marchante suizo Bruno Bischofberger, quien había sabido gestionar muy bien tanto las ventas como las grandes exposiciones del artista mallorquín. En el caso de Antoni Tàpies, la galería neoyorkina Pace Wildenstein y la parisina Lelong, habían sido su escaparate mundial. Y tanto Antonio López como Manolo Valdés, llevaban muchos años en manos de la galería Marlborough, con sedes en Nueva York, Londres, Mónaco y Madrid. Estaba claro que en el mercado del arte, como en tantas facetas de la vida, tan solo se bautizaba el que tenía buenos padrinos.