Antonio López o el triunfo de la figuración

La exposición de Antonio López, que acababa de llegar al Museo de Bellas Artes de Bilbao tras su paso por Madrid, había batido todos los registros del Museo Thyssen. La muestra había tenido 318.000 visitantes, muchos de ellos provenientes de la Comunidad Valenciana, que habían cogido ese gran invento llamado AVE para darse un salto a Madrid y poder disfrutar de la oferta cultural de la capital. Una cifra que situaba a esta exposición como la más visitada en la historia de este museo, por delante de la dedicada a Gauguin con 279.000 visitantes y la de van Gogh, que había registrado 237.000, y muy por delante de otras exposiciones del Thyssen dedicadas a artistas tan conocidos como Modigliani, Monet o Miró.


Las cifras de esta muestra no se quedaban tan solo en el número total de visitantes. El 50% de las entradas habían sido compradas por internet frente al 16% habitual. Y los visitantes habían adquirido la friolera de 25.000 catálogos, cuando las tiradas de las exposiciones temporales de la mayoría de museos rara vez superaba los 2000 ejemplares ¿Y qué se podía ver en esta exposición que había despertado tal interés en la gente?


Pues básicamente dos exposiciones en una: los veinte años de ausencia de Antonio López de los museos y galerías de España (la última gran exposición suya fue la que le dedicó el Reina Sofía en 1993) y otra exposición que hacía un recorrido desde sus orígenes hasta su etapa de madurez. Sin embargo, esto no era razón suficiente para entender el éxito de esta exposición.


Por un lado, había que añadir esa leyenda que rodeaba a Antonio López consistente en decir que nunca acababa sus obras. Algo en parte cierto y que podía contemplarse en la película “El sol del membrillo”, dirigida por Víctor Erice y que se llevó tanto el premio del Jurado como el de la Crítica en el Festival de Cannes de 1992. En esta película, el mérito de Erice residía en conseguir sumergirnos en el universo creativo de Antonio López y comprobar así las dificultades que encontraba para intentar captar la luz que se filtraba a través de un membrillero. Unas dificultades que, en este caso, llegaban a vencerle, por lo que abandonaba la obra. Este proceso creativo de Antonio podía prolongarse durante varios años hasta que el artista consideraba que había conseguido captar ese paisaje tal y como él quería.


Por otra parte, esta exposición también ponía de manifiesto que los gustos del público se decantaban por la figuración frente a la abstracción. A pesar de que la abstracción había caracterizado gran parte del arte moderno, el público prefería contemplar obras de arte en las que reconocía de forma fácil las figuras que el artista había querido plasmar en el cuadro. Algo que no era condición suficiente para disfrutar totalmente de las mismas pero que al espectador le dejaba más tranquilo y satisfecho.


Por último, no dejaba de ser curioso que fuera un artista español contemporáneo quien hubiera batido todos los récords de un museo fundado por un coleccionista alemán, el barón Thyssen, y cuya colección se caracterizaba por albergar auténticas obras maestras de todos los tiempos con autores tan reconocidos como Rembrandt, Durero, Caravaggio, Degas, Monet, Rothko o Pollok.