Arte valenciano en el Hermitage

Los visitantes que acudan a partir de hoy a la exposición más esperada de la temporada, "El Hermitage en el Prado", tan solo podrán contemplar una obra de un artista valenciano. Se trata del "San Sebastián curado por las santas mujeres" (1628) de José Ribera. Un cuadro que presenta el estilo tenebrista tan característico de este seguidor de Caravaggio. Sin embargo, este no es el único artista valenciano presente en los fondos del prestigioso museo ruso. Al setabense le acompañan autores como Juan de Juanes o Francisco Ribalta. Todos ellos llegaron al museo bajo el reinado de Catalina II, fundadora del museo, aunque el grueso de la coleccción fue conformada previamente por el zar Pedro El Grande.


La culpa de que estos valencianos llegaran al Hermitage junto con otros autores españoles como Velázquez, Murillo, El Greco o Zurbarán, la tiene un banquero británico afincado en Amsterdam llamado William Coesvelt. Este coleccionista era buen amante de la pintura y de las oportunidades de compra, por lo que aprovechó sus numerosos viajes a España para adquirir obras de arte a precios de saldo en un país arrasado por las guerra napoleónicas. Como buen negociante, vendió en 1814 su colección a Catalina II, quien la depositó en el Hermitage. Fue así como llegaron a este museo un San Vicente Ferrer de Juan de Juanes, el martirio de Santa Catalina de Ribalta o un San Francisco de Paula de Ribera junto con el retrato del Conde Duque de Olivares de Velázquez o la adolescencia de la virgen de Ribera.


Pero si hay una historia curiosa referente a la coleccción del Hermitage es la de sus obras pertenecientes al Impresionismo y al arte del siglo XX. Toda la coleccion de pintura francesa del XIX y XX proviene básicamente de dos coleccionistas de Moscú: Serguei Schukin e Iván Morozov. Dos empresarios, herederos de grandes riquezas provenientes de la industria textil que competían para ver quién estaba más a la última en las nuevas tendencias artísticas. Estos dos coleccionistas fueron unos atrevidos en su momento pues compraron obras de los impresionistas (Morozov tenía "La muchacha al piano" de Cézanne y Schukin la "Mujer peinándose" de Degas) y apostaron por artistas entonces desconocidos como Matisse, del que Schukin poseía obras tan emblemáticas como "La danza" o "La habitación roja", y Picasso, del que Schukin adqurió "La bebedora de absenta", obra que puede contemplarse en la exposición del Prado.


 Al llegar la revolución bolchevique, ambos coleccionistas "cedieron" (ese el término utilizado en la historia oficial del Hermitage) sus colecciones al Estado. La lujosa vivienda de Schukin se convirtió en el Primer museo de arte occidental y la de Morozov en el Segundo Museo de arte occidental. Eso sí, el gobierno comunista tuvo el detalle de que Schukin y Morozov pasaran a trabajar como conservadores de dichos museos. Es decir, como si el gobierno nacionalizara el Banco de Santander y pusiera a Botín de cajero de una oficina.


Los interesados en conocer a Serguei Schukin podrán verlo en el Prado en el retrato que le hizo el pintor vasco Ignacio Zuloaga en 1899. Una imagen en la que se puede apreciar un porte aristocrático anterior a que se convirtiera "voluntariamente" en un ciudadano bolchevique ejemplar. Paradojas de la vida.