Un futuro incierto

Ante el panorama desolador que presenta un mapa expositivo devastado por la crisis económica, la cita de Rafael Sánchez Ferlosio de "vendrán años más malos y nos harán más ciegos" vendría a describir el futuro que nos espera el próximo año en la Comunidad Valenciana a tenor de la visto en la segunda mitad del actual.


2011 empezó con fuerza con exposiciones como la de Jasper Johns en el IVAM o "Los retratos de la Belle Époque" en el Centro del Carmen, pero el pulso expositivo se fue desinflando como un globo a medida que avanzaba el año. Las instituciones públicas habían aguantado hasta la fecha el vendaval de la crisis pero, finalmente, no habían tenido más remedio que sucumbir a su fuerza desoladora. El MUVIM languidecía en un estado de letargo del que no había despertado desde la marcha de Román de la Calle, la sala Parpalló había prácticamente desparecido del mapa y el centro del Carmen había empezado con fuerza tras la remodelación de sus salas pero había perdido fuelle a medida que avanzaba el año.


En cuanto a las cajas de ahorro, ese ente a medio camino entre lo público y lo privado, el panorama era todavía menos halagüeño. La CAM había sido intervenida por el Banco de España y vendida al Banco de Sabadell. Nada se sabía de sus obra cultural. Por su parte, la Fundación Bancaja, cuyo negocio bancario se había integrado en Bankia, no había levantado cabeza desde el éxito de la exposición de Sorolla (y de eso hacía ya tres años). Era de esperar que el cambio en su gerencia trajera nuevos aires muy necesarios en dicha entidad, pues había pasado de ser un centro productor de exposiciones de nivel internacional a convertirse en sucursal de muestras de segundo nivel.


Finalmente, si llegábamos al sector privado, el tsunami económico se había llevado por delante a galerías tan conocidas como Tomás March, La Nave o My name is Lolita. Capeaban el temporal como buenamente podían las que quedaban en pie como Valle Ortí, Luis Adelantado o Rosalía Sender, cada una con una línea muy distinta. Por su parte, las fundaciones o bien habían recurrido a sus fondos propios, como era el caso de la Chirivella Soriano en Valencia, o bien a los ajenos, como había hecho la fundación Frax de Alfaz del Pi.


Quizás, ante este panorama, había llegado el momento de las nuevas fórmulas. No se podía gestionar con los mismos criterios de hacía cinco años, cuando el crédito fluía y el euro no era una moneda en peligro de extinción. La sala permanente que el Museo San Pío V había dedicado a Joaquín Sorolla era un buen ejemplo. Se trataba de una iniciativa implantada por el secretario autónomico de Cultura, Rafael Ripoll, de coste mínimo y largamente demandada por todos los visitantes que llegaban a Valencia en busca de la luz que el pintor valenciano se dedicó a plasmar en sus cuadros. Una buena ocasión para que se hablara bien de un museo abandonado por el Gobierno Central, a pesar de ser una de las pinacotecas más importantes de España.


Pero esa reinvención necesaria del sector también había llegado a los artistas. Un buen ejemplo de ello era la iniciativa llevada a cabo por los hermanos Blas y Pablo Montoya (colectivo conocido con el nombre de "Trashformaciones"), quienes habían diseñado a modo de "showroom" una impresionante instalación de sus obras en una nave de Almazora, por la que habían desfilado más de 1000 visitantes ansiosos por conocer nuevas formas de expresión artística. Una iniciativa totalmente autogestionada, al margen tanto de las subvenciones públicas como del circuito galerístico tradicional. Ya se sabe que época de crisis, época de oportunidades. El mapa de las artes había cambiado radicalmente y quienes supieran detectar en qué dirección soplaba ahora el viento, serían los únicos que conseguirían salir de la tempestad.