Alexander Calder vs Damian Hirst

En una etapa convulsa en el mundo del arte en la que los presupuestos públicos menguaban y las galerías privadas echaban la persiana, comenzaban a apreciarse cambios importantes en el sector. Nada mejor para comprobar esos cambios que echar un vistazo a la capital mundial del arte, Nueva York. 


El cruce de la avenida Madison con la calle 77 era un buen ejemplo de ello. A un lado de la avenida, se encontraba una de las galerías clásicas, de esas que cada vez que había acudido a ARCO había desembarcado con obras de Picasso, Matisse o Miró, que harían las delicias de cualquier museo del mundo. Se trataba de la galería de Helly Nahmad. En esta ocasión, mostraba la faceta de pintor de Alexander Calder, un figura histórica de la escultura del siglo XX, con sus famosos móviles. La galería era un espacio con sabor tradicional, suelos enmoquetados, luz ténue, obras expuestas como si se tratara de un museo, silencio, respeto. 


Justo en la otra acera acababa de inaugurar Larry Gagosian su tercera galería en Nueva York y úndecima en el mundo. Se trataba de tres pisos en un edificio ubicado en la que posiblemente era la zona más cara de Manhattan. Gagosian exponía allí lo mismo que en el resto de sus once galerías: la serie completa de las pinturas de puntos multicolores de Damian Hirst. Un total de 300 pinturas diseminadas por todas las sedes del galerista más poderoso del mundo. En esta ocasión, había elegido a uno de los autores más polémicos del arte contemporáneo. Un autor que se hizo célebre entre el gran público por crear una instalación con el cadáver de un tiburón en una urna de formol por el que un coleccionista llegó a pagar 12 millones de dólares.


Frente a la quietud y a la tranquilidad de la exposición de Calder. La de Hirst constituía un auténtico reguero de visitantes que acudía a contemplar una retahíla de obras producidas en serie cuya repetición podía llegar a ser cansina. Pero lo más curioso de todo era que la muestra terminaba en una tienda en la que se vendían toda serie de productos relacionados con Damian Hirst. El visitante podía encontrar desde una simple camiseta hasta obras de arte como una consistente en un biberón con una salchicha en su interior que se vendía por 7.000 dólares o un caja de metacrilato en cuyo interior había una mariposa disecada, unas pastillas y una jeringuilla con sangre por el módico precio de 50.000 dólares. Eso sí, en ambos casos, los precios eran prohibitivos para el común de los mortales.


Por un lado, teníamos el modelo elitista y exclusivo de Nahmad y, por otro, el popular y espectacular de Gagosian. Si uno seguía caminando por la acera de Gagosian se encontraba con la tienda de la editorial Taschen. Un lugar donde se vendían unos libros que pretendían ser obras de arte, cuando tan solo se trataba de objetos decorativos de un gran tamaño imposibles de leer y que contenían reproducciones que iban desde obras de Leonardo Da Vinci hasta fotografías de Marilyn Monroe.


Mientras tanto, no muy lejos de allí, en la calle 57, el artista valenciano Juan Genovés exponía su obra más reciente en la Marlborough Gallery. Una obra alejada de todo tipo de marketing y que consistía en lo que bien podría calificarse como pintura, pintura. Todos los cuadros presentaban un punto rojo que indicaba que estaban vendidos. Algo muy difícil de conseguir para una artista extranjero en la capital de las artes. Quizás algunas cosas no cambiaban a pesar de la crisis.