El mundo de Genovés

Juan Genovés (Valencia, 1930) pasea por las salas del Centro de Arte Contemporáneo de Perpiñán (gestionado e impulsado por el valenciano Vicente Madramany) como quien repasa su vida a través de sus obras, que cuelgan de las paredes en una retrospectiva que acerca al público su obra más íntima, la que ha decidido guardar para los suyos. Y es que este tipo de exposiciones son una buena excusa para mirar con nostalgia el pasado, para disfrutar del presente y para encarar con ilusión el futuro.

Genovés recuerda la Bienal de Venecia de 1966 como ese momento en que a uno le cambia la vida. Acudió allí con unas pocas obras dentro de la exposición colectiva del pabellón español y se alzó con el Gran Premio de la Crítica. De inmediato, le llovieron las ofertas de diversas galerías internacionales que querían trabajar con él. Genovés se dejó querer por todas hasta que llegó Frank Lloyd, el mítico fundador de la Galería Marlborough, quien le hizo una oferta que no pudo rechazar. Marlborough era, por aquel entonces, la galería que había lanzado en Londres a artistas como Henry Moore, Lucian Freud o Francis Bacon, y en Nueva York a autores como Mark Rothko, Jackson Pollock o Larry Rivers.  Genovés realizó su primera exposición en Marlborough Londres y el primer cuadro lo vendió al propio Francis Bacon, quien le confesó que siempre había pintado al hombre solo porque nunca había sido capaz de pintar multitudes.

Genovés seguía sin despertar de su sueño. De la oscuridad de la España franquista había pasado a convertirse en un artista internacional que exponía en ciudades de todo el mundo. Sus obras se convirtieron en símbolos de la lucha contra el Franquismo y de la reconciliación de la Transición. De hecho, su cuadro del abrazo es toda una metáfora de la reconciliación de esas dos España que se enfrentaron en una guerra civil. Una obra perteneciente a la colección del Museo Reina Sofía y que es objeto continuamente de grabaciones por parte de televisiones de todo el mundo que quieren poner imágenes artísticas a esa época de la historia de España.

La obra de Genovés siempre contó con el respaldo de la crítica y la aceptación del mercado. Sin embargo, fue a partir de 2005 cuando su estilo sufrió una evolución caracterizada por la aparición de unos colores más vivos y por el uso de una mayor cantidad de materia pictórica en sus característicos hombrecitos, que empezaron así a acercarse a la tercera dimensión. Esos individuos actuaban casi como bajo relieves similares a los que aparecen en el friso del Partenón. Un estilo que le ha llevado a dispararse en cuanto a su cotización y en la demanda por parte del mercado internacional. De modo que, con 83 años, Genovés tiene lista de espera de coleccionistas que quieren adquirir obra suya en las sedes de Marlborough de Nueva York, Londres y Madrid; y sus exposiciones se caracterizan por haber vendido todas sus obras el mismo día de la inauguración.

Como él mismo reconoce de forma sarcástica, “ni con todo el dinero del mundo se puede comprar una obra mía, hay que ponerse a la cola”. Su próxima exposición con obra a la venta tendrá lugar en Londres. Mientras tanto, el Museo Naples de Florida le ha dedicado una retrospectiva y la exposición de su obra más íntima, la que se ha quedado para los suyos, puede contemplarse actualmente en Perpiñán y más tarde en ciudades como Estambul y Pekín. 

Juan pasea por esa nave industrial de Perpiñán, reconvertida en centro de arte por obra y gracia del coleccionista y mecenas Vicente Madramany, y recibe el cariño de visitantes de muy diversa edad que disfrutan con una obra colorista y comprometida que ha experimentado una evolución constante. La sala está plagada de sillas, al igual que la exposición que le ha dedicado el Centro del Carmen de Valencia, porque Genovés  es de los que piensa que la pintura requiere de un tiempo para ser contemplada y disfrutada. Asimismo, siempre defiende que las pinturas pertenecen a quien las contempla, a la lectura que hace cada uno de ellas. Unos ven manifestantes huyendo de los “grises”, otros inmigrantes subsaharianos que son rechazados por las sociedades occidentales. Y es que la obra de Juan siempre se acerca al que sufre, al que lucha por conseguir un futuro mejor, porque eso es lo que él ha hecho a lo largo de toda su vida bien fuera desde Valencia, Madrid, Venecia, Nueva York o Londres. Al fin y al cabo, el arte y el compromiso no entienden de fronteras.