El nuevo cuadro más caro de la Historia

Cuando parecía que el mercado del arte ya había tocado su techo, llegaban las autoridades de Qatar y pagaban 300 millones de dólares por un cuadro de Gauguin, rompiendo así el anterior récord de obra más cara de la historia que ostentaba una de las cinco versiones de los jugadores de cartas de Paul Cézanne que se había vendido por 250 millones a los mismos compradores.


Estaba claro que los países árabes habían encontrado en el arte y en el deporte una alternativa a sus reservas de petróleo, que tenían fecha de caducidad. Se trataba de aprovechar los millones del petróleo para atraer eventos deportivos, como el Mundial de Fútbol o los Juegos Olímpicos, y erigir una serie de prestigiosos museos de arte que atrajeran a miles de visitantes a estos países y convertirse así en un destino turístico de primer nivel. La jugada estaba muy bien pensada. Abu Dabi había apostado por un complejo museístico que incluía una sede del Louvre diseñada por Jean Nouvel, una del Guggenheim realizada por Frank Gehry, un Museo Nacional obra de Norman Foster, un centro de artes escénicas de Zaha Hadid y un museo marítimo con la firma de Tadao Ando.


Por su parte, Qatar, sede de la Copa del Mundo de fútbol de 2022, había apostado por un museo de arte islámico diseñado por I.M. Pei (autor de la pirámide del Louvre) y por el Museo Nacional de Qatar diseñado también por Jean Nouvel. Este museo pretendía convertirse en un referente a nivel mundial en arte moderno y contemporáneo y para ello contaba con un presupuesto anual para compra de obras de arte de 1.000 millones de dólares. Al frente de este museo y de este presupuesto, se encontraba Al-Mayassa bint Hamad bin Khalifa Al-Thani, la hija del anterior emir y hermana del actual. Una mujer que con tan solo 31 años de edad había revolucionado el mundo del arte. Además del Gauguin y el Cézanne de récord, la colección incluía obras de autores tan cotizados como Mark Rothko, Damien Hirst, Jeff Koons o Andy Warhol. Una inversión en arte y marketing que buscaba sencillamente que los amantes del arte, tanto fueran de Valencia como de Sebastopol, incluyeran Qatar entre sus posibles destinos turísticos para poder contemplar unas obras de arte impresionantes tanto por su precio como su valor, algo que nunca había que confundir.