Las ciudades y los museos

Uno podía pensar que ciudades como Nueva York, París o Milán ya eran suficientemente atractivas y que no necesitaban nada más para llamar la atención. Sin embargo, lo que hacía grandes a estas ciudades era que estaban en continua renovación y ofrecían novedades de forma constante que sumaban nuevos motivos para visitarlas. Unos motivos que, en muchas ocasiones, tenían que ver con el arte y la arquitectura. 


París acababa de inaugurar la Fundación Louis Vuitton en un bello edificio diseñado por Frank Gehry en el bosque de Boulogne. Una lugar en el que uno podía ver parte de la colección del empresario Bernard Arnault - que incluía obras de artistas como Giacometti, Basquiat, Sigmar Polke o Olafur Eliasson - junto con exposiciones temporales de nivel internacional. 


Por su parte, el museo Whitney de Nueva York se había mudado al sur de Manhattan (al antiguo barrio de los mataderos de carne) a un edificio más grande diseñado por Renzo Piano donde se podría contemplar a partir de ahora una colección de arte norteamericano en la que destacaba el pintor Edward Hopper, el artista que mejor supo retratar la soledad. Su mítica antigua sede diseñada por Marcel Breuer en forma de zigurat invertido pasaba ahora a depender del MOMA. 


Por último, Milán acogería a principios de mayo la inauguración de la nueva sede de la Fundación Prada ubicada en una destilería reformada por el arquitecto Rem Koolhaas. Un espacio que centralizaría la labor de mecenazgo artístico llevado a cabo por la diseñadora italiana que había organizado exposiciones de artistas contemporáneos en medio mundo y que ahora iba a contar con una sede multidisciplinar en la que acoger distintas representaciones artísticas. 


Todos estos museos habían surgido de la mano de mecenas privados que tan solo aplicaban ese lema de devolver a la sociedad lo que la sociedad les había dado. Y para ello, nada mejor que unir la arquitectura y el arte como una forma de humanizar las ciudades y hacerlas más atractivas.