En busca de la obra perdida

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Al leer en la prensa que el estudioso italiano Maurizio Seracini llevaba más de 30 años detrás de la obra de Leonardo da Vinci titulada “La batalla de Anghiari”, que pensaba que se encontraba escondida tras una pintura mural de Vasari realizada en un salón del Palazzo Vecchio de Florencia, se acordó de  la catedrática de Restauración, Carmen Pérez, quien había llevado a cabo una búsqueda similar debajo de la cúpula barroca de la catedral de Valencia. Una búsqueda que había finalizado con el hallazgo de las pinturas murales que representaban a  doce músicos realizados por los artistas Paolo de San Leocadio y Francesco Pagano, que llegaron a la capital del Turia en 1472 de la mano del entonces obispo de la ciudad, Rodrigo Borja, quien más tarde se convertiría en Papa con el nombre de Alejandro VI.  Este descubrimiento había supuesto, además del rescate de una obra de arte, la constatación de que el Renacimiento había tenido cierta presencia en tierras valencianas.

Por su parte, la obra de Leonardo estaba rodeada de todo un halo de misterio. Se la encargó el gonfaloniere de Florencia en abril de 1503 para conmemorar la victoria de los florentinos sobre los milaneses, acaecida 60 años atrás. Miguel Ángel Buonarotti recibió el encargo de pintar “La batalla de Càscina” en la pared de enfrente, aunque renunció al encargo. Leonardo sufrió mucho durante un año para ejecutar una pintura que debía cubrir una superficie tres veces más grande que “La última cena”, por lo que finalmente quedó inacabada. En 1563, Cosme de Medici le pidió a Vasari una nueva decoración para esa sala, obra que podemos contemplar actualmente. A partir de ahí todo son especulaciones. Seracini defendía que Vasari admiraba demasiado a Leonardo como para destruir su pintura y que ésta debía de permanecer protegida debajo de la suya, tal y como había sucedido con la tabla de Vasari que durante siglos ocultó “La Trinidad” de Masaccio en la iglesia florentina de Santa María Novella.

Por si eso no fuera suficiente, aportaba un dato que daba mucho juego para los amantes de los enigmas: la inscripción de la leyenda “cerca trova” (busca encuentra) en una banderita verde pintada en el fresco de Vasari. Además, había una conexión valenciana con esta obra: uno de los ayudantes de Leonardo, Fernando Yáñez de la Almedina (autor del retablo de San Cosme y San Damián de la catedral de Valencia)  falleció en la capital del Turia en 1536 y Seracini pensaba que quizás podía haberse llevado a Valencia algún fragmento del cartón original de “La batalla de Anghiari”. Para acabar de rematar el tema, el investigador Seracini tenía su pequeño momento de gloria en la novela de Dan Brown “El código Da Vinci”, en la que aparecía con su nombre real.

Pensó que quizás eso fuera lo que nos faltaba a los valencianos, saber vendernos, echarle literatura a los temas. De todos modos, la realidad era muy tozuda y mientras unos escribían, estudiaban y fabulaban sobre una pintura perdida, los ángeles músicos lucían en todo su esplendor en la catedral de Valencia.

 



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"Valdés como pretexto"

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