Rodrígo Uría. Un abogado entre cuadros

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           La leyenda sobre la esvástica que aparece en la lira que sostiene la Marquesa de Santa Cruz en el retrato que realizó Goya en 1805 y que habría sido el motivo por el cual el dictador Francisco Franco habría pensado regalar ese cuadro a Adolf Hitler en el caso de que éste se casara, no estaba comprobada. Lo que sí que se había podido documentar era que ese cuadro – actualmente en el Museo del Prado - había sido vendido por una familia de Bilbao a un marchante de arte por el precio de 25 millones de pesetas, que éste marchante lo había vendido al poco tiempo a una sociedad instrumental de un Lord inglés por 600 millones de pesetas y que este coleccionista británico lo había intentado colocar a la Fundación Getty de Los Ángeles por unos 2000 millones de pesetas. Un negocio redondo de no ser porque el Estado español se había opuesto a la operación por medio del abogado Rodrigo Uría, quien demostró que todos los supuestos permisos de exportación de este bien protegido por la Ley de Patrimonio eran burdas falsificaciones.

Lo había contado el propio Uría en una conferencia en Valencia organizada por el Club de Encuentro Manuel Broseta titulada “Un abogado entre cuadros”. Uría había empezado su charla con una reflexión profunda sobre sus amigos valencianos Manuel Broseta y Francisco Tomás y Valiente, asesinados ambos a manos de la banda terrorista ETA. Tras esta emotiva introducción, la disertación del actual presidente del Patronato del Museo del Prado había derivado hacia derroteros jurídico-artísticos. Uría había intervenido en la operación que había traído a España la colección del barón Thyssen, para lo que hubo que negociar con más de 30 “trust” ubicados en diversos paraísos fiscales. Finalmente, la negociación se cerró con éxito y actualmente España contaba con una de las colecciones de arte más interesantes del mundo, que complementaba a la del Prado y hacía de puente con la del Reina Sofía.

Las gestiones de Uría en el Prado habían ido encaminadas a modernizar la gestión de este museo y retomar una de las claves de su éxito: las donaciones. El director de la Real Academia de la Historia, Gonzalo Anes, había afirmado en un artículo publicado en ABC que “el coleccionismo privado y la acción de Reyes y de mecenas protectores de las artes han sido siempre el origen de las grandes colecciones públicas”. Así, Fernando VII habría pasado a la Historia como un mal rey pero como un gran mecenas. Esta vocación de devolver a la sociedad lo que ésta te había dado, tan en boga en el mundo anglosajón, era algo que tenía muy poco predicamento en España. El Prado había dado un paso importante en ese camino y, hoy en día, si un coleccionista privado realizaba una valiosa donación (nada que ver con la dación a cambio de impuestos), podía llegar a ver su nombre en la entrada de una de las salas del Prado, algo habitual en los museos norteamericanos pero que aquí se había considerado un sacrilegio durante muchos años. De momento, ningún coleccionista español había dado el primer paso.

Paradójicamente, la sociedad valenciana no contaba con abogados como Uría que navegaran con soltura entre cuadros - de no ser éstos de los cuatro autores valencianos de cabecera que decoraban algunos despachos - pero sí que contaba con un coleccionista que había hecho una importante donación al Museo San Pío V, Pere María Orts, sin ni siquiera pedir que una sala llevara su nombre. Una vez más, la sociedad valenciana se adelantaba a su tiempo.



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"Valdés como pretexto"

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