El tiro a Calatrava

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“En este país ha nacido un nuevo deporte nacional: tirar a Garci”. Pues, bienvenido al club, le diría el arquitecto Santiago Calatrava de haber leído la entrevista publicada en ABC con el director de cine español, donde denunciaba la persecución de la que era objeto por haber rodado la película “Sangre de mayo”.

El problema de Garci residía en que había ganado un Oscar, que rodaba películas de alto presupuesto, que tenía éxito, y eso estaba muy mal visto en este país. Del mismo modo, Santiago Calatrava era el arquitecto español de mayor proyección internacional y, prácticamente, el único valenciano que había diseñado proyectos en todo el mundo. Lo curioso del caso de Calatrava es que durante un tiempo sufrió las iras de un periódico valenciano que bien podríamos denominar de derechas, que le acusaba de copiar sus puentes, a los que de forma despectiva denomina “peinetas”, por toda la geografía española. Sin darse cuenta de que crear un estilo propio era lo que hacía que un arquitecto o un artista pasara a engrosar los nombres en negrita de los manuales de Historia del Arte. ¿Acaso alguien en su sano juicio se atrevería a decir que Mies van der Rohe copiaba sus edificios con muro de cristal y cubierta de acero como se puede comprobar en la Neue National Gallerie de Berlín o en el Pabellón de Barcelona? ¿Podría también algún insensato acusar de “autoplagio” a Miró, a Picasso o a Pollock por pintar siempre el mismo cuadro?

Ahora que esa etapa de persecución por las peinetas ya estaba felizmente superada, el ataque llegaba por otro flanco: un periódico valenciano que bien podríamos denominar de izquierdas había iniciado una cruzada contra él por el alto coste de sus construcciones y los posibles errores de las mismas. “Diez turistas han sido hospitalizados en 20 días al resbalar en el puente de Calatrava de Venecia”, rezaba un titular de dicho diario publicado recientemente. No importaba que cerca de 15.000 personas pasaran a diario por dicho puente o que las caídas fueran numerosas en otros puentes de la ciudad de los canales, tal y como señalaba la concejala veneciana Mara Rumiz. Lo importante era machacar al paisano, desprestigiarlo en su tierra, donde había construido una de sus obras más emblemáticas, la Ciudad de las Artes y las Ciencias, que había cambiado la imagen de la ciudad y la había transformado en una de las ciudades más atractivas del siglo XXI.

Eso no tenía ninguna importancia, se trataba de satisfacer a muchos de sus colegas valencianos que no podían soportar su éxito y que decían aquello de “si a mí me dieran el dinero que le dan a él...” en un intento desperado por justificar su propia mediocridad, de hundir su prestigio... y la verdad es que lo estaban consiguiendo. Si uno seguía las noticias que publicaba este periódico llegaba rápidamente a la conclusión de que Calatrava era un auténtico desastre. Entonces, la conclusión que uno sacaba era que los americanos eran unos idiotas por haberle encargado la estación de Metro de la “Zona Cero” de Nueva York o el museo de Milwaukee, los venecianos unos inútiles por haberle contratado el dichoso puente, los franceses unos irresponsables por haber recurrido a él para la estación de Lyon, los suecos unos tontos por haberle encargado el famoso rascacielos de Malmö o los griegos unos ineptos por haberle confiado el estadio Olímpico.

Aunque, quizás la explicación fuera mucho más sencilla. La había dejado escrita Unamuno en su tiempo: “¡La envidia! Ésta, ésta es la terrible plaga de nuestras sociedades; ésta es la íntima gangrena del alma española”.



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"Valdés como pretexto"

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