Sorolla en el Prado

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Había tardado casi cien años pero por fin Joaquín Sorolla había llegado al Museo del Prado. Por el camino había tenido que soportar que tildaran su obra de “rumor de mercaderes de Levante” (Antonio Machado), la compararan con “la lascivia” (Unamuno) o lo asociaran con “gitanos o fenicios” (Valle Inclán). El propio Valle Inclán llego a afirmar sobre le retrato que le hizo al rey Alfonso XIII con el uniforme rojo de los húsares que parecía un “cangrejo cocido”.

Para llegar a la cima más alta de los museos en España, Sorolla había contado con la inestimable colaboración del presidente del Gobierno Valenciano, Francisco Camps, y del presidente de Bancaja, José Luis Olivas, todo un ejemplo de colaboración institucional para traer por primera vez a España los 14 paneles monumentales que Sorolla realizó para la Hispanic Society de Nueva York, y que había viajado por Valencia, Sevilla, Málaga, Barcelona y Bilbao. Ahora esos paneles habían llegado al Museo del Prado, donde se habían incorporado a una retrospectiva del artista comisariada por los especialistas del Prado Javier Barón y José Luis Díez. La muestra estaba compuesta por 102 pinturas expuestas de forma cronológica de manera que abarcaban todas las etapas del pintor valenciano.

Se trataba de una cita histórica y él no pensaba perdérsela. Lo primero que le llamó la atención al llegar al Prado fue la afluencia masiva de público. Era un día laborable a las cuatro de la tarde y estaban vendiendo las entradas para media hora más tarde. Por tanto, las colas con Sorolla no eran algo exclusivo de Valencia. Y es que la exposición de los paneles de la Hispanic había batido todas las marcas de visitantes allí por donde había pasado, incluso en Bilbao, cuna de esos pintores que la generación del 98 defendía como ejemplo de la España negra de la época.

El recorrido del Prado comenzaba con “El Palleter declarando la guerra a Napoleón”, obra que le supuso su pasaporte para Italia, y continuaba con unas obras que poco tenían que ver con escenas de playa y cuadros costumbristas que le habían dado el éxito popular y el rechazo de cierta crítica. Algunos títulos, como “¡Aún dicen que el pescado es caro!”, “Trata de blancas” o “¡Triste herencia!”, ya daban cuenta de la temática social de estas obras.

Continuó el recorrido y se sumergió en esa celebración de la vida tan característica de la obra de Sorolla con cuadros como “Desnudo de mujer” - un homenaje a la “Venus del espejo” de Velázquez y de los pocos desnudos que se conocen del pintor valenciano – junto con obras provenientes de instituciones como el Musée d’Orsay de París, el Metropolitan de Nueva York o el Museo Civico de Venecia, y colecciones privadas de México o Estados Unidos, y que daban la clave sobre la dimensión internacional de este artista.

Tras los paneles de la Hispanic, que en el Prado respiraban más que en las salas que los acogieron en Valencia, la muestra se completaba con una selección del Sorolla paisajista (algo que ya pudo contemplarse en varias ciudades españolas en una muestra organizada por el Museo Sorolla). En definitiva, una espera que había valido la pena.



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"Valdés como pretexto"

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