El valor de una obra de arte

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Cualquiera que tuviera unas nociones básicas sobre el libre mercado sabía que una obra de arte tenía el valor económico que alguien estuviera dispuesto a pagar por ella. De ahí que no entendiera todo el revuelo que se había armado por el nuevo récord alcanzado por una obra de arte en una subasta. Se trataba de la escultura “El hombre que marcha I” de Alberto Giacometti que se había vendido en la casa de subastas Sotheby’s por 104,3 millones de dólares a un comprador desconocido. Este registro desplazaba al segundo lugar al cuadro “Muchacho con pipa” de Pablo Picasso (vendido por 104,1 millones de dólares), seguido por otra obra de Picasso “Dora Maar au chat” (95,2 millones de dólares), por el retrato de Adele Bloch Bauer II de Gustav Klimt (87,9 millones dólares), por un tríptico de Francis Bacon subastado por 86,2 millones dólares y por el conocido retrato del doctor Gachet realizado por van Gogh y que había alcanzado el precio de 82,5 millones de dólares en una subasta celebrada en 1990, hacía ya veinte años.

Eran muchos los comentaristas que se habían rasgado las vestiduras por el dinero pagado por dicha obra, un acto que habían llegado a calificar de obsceno, como si alguien no pudiera hacer con su dinero lo que le viniera en gana. Fueron muchos los que pusieron el grito en el cielo cuando un tiburón en formol realizado por Damian Hirst se vendió por 12 millones de dólares. Sin embargo, tal y como se recogía en el libro recientemente publicado por el economista de Harvard Don Thompson y titulado “El tiburón de 12 millones de dólares”, la cantidad pagada por el comprador de esa obra de arte, Steve Cohen, equivalía a diez días de sus ingresos como gestor de fondos de inversión. “Y es que en el mundo traidor / nada es verdad ni es mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira”, dejó escrito el poeta Ramón de Campoamor sin saber entonces que el color del cristal de Steve Cohen no era el mismo que el de la mayoría de los mortales.

Ante el ruido que producían estas noticias, lo que nunca había que confundir era el valor económico de una obra de arte, algo que marcaba el mercado, y el valor artístico de la misma, un trabajo que correspondía a los críticos y a los historiadores del arte. Los críticos juzgaban la obra en el momento en que se producía y los historiadores la situaban con el paso del tiempo en el contexto histórico que le correspondía. Sólo unas pocas obras sobrevivían al paso del tiempo y figuraban en los manuales de Historia del Arte. Hay que tener en cuenta que, en la época dorada de la pintura holandesa del siglo XVII, existían más de 3000 pintores que se ganaban la vida al vender sus obras a una burguesía ávida de colgar cuadros en las paredes de sus casas. De aquellos, apenas recordamos una decena como Vermeer, Hals o de Hooch.

Giacometti era un artista clave en la Historia del Arte del siglo XX y su obra sobreviviría con toda seguridad al paso del tiempo y a los vaivenes de los mercados del arte. Para ello tan sólo bastaba con haberse dado una vuelta por la exposición que sobre su obra organizó el IVAM en el año 2000. Su valor económico aún no había alcanzado entonces la cifra de cien millones de dólares pero su valor artístico era el mismo que el actual.



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"Valdés como pretexto"

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