Valdés Hirst y Picasso

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La casualidad ha querido que coincida en el tiempo la subasta en Sotheby’s de 223 obras de Damien Hirst, con otra en Christie’s de 131 obras de arte español, en la que el artista valenciano Manolo Valdés ha batido su récord de cotización, y con la inauguración en París de la exposición “Picasso y los maestros”.

En la primera de las subastas, el otrora enfant terrible del arte británico se ha embolsado 198 millones de dólares en un par de días, lo que ha levantado una gran polvareda en los medios de comunicación y ha sido considerado casi como obsceno. Está claro que en gran parte de la sociedad aún predomina ese estereotipo del artista muerto de hambre que malvive en una buhardilla de París (Toulouse-Lautrec), en un choza de una isla perdida de la Polinesia (Gauguin) o en una casa de campo de Arles donde en un momento de delirio llega a cortarse una oreja (van Gogh). Las grandes sumas de dinero estarían reservadas para los constructores que recalifican terrenos, los especuladores bursátiles o los bancos que han prestado dinero a gente que ahora no puede devolverlo y cuyo agujero vamos a pagar el resto de ciudadanos en lugar de los ejecutivos de esos bancos que durante este tiempo se han embolsado una buena cantidad de dinero en concepto de bonus.

Lo triste del caso de Damien Hirst es que hasta los propios artistas critican que haya ganado tanto dinero. En un sistema de libre mercado, una cosa vale lo que alguien está dispuesto a pagar por ella. Y si un millonario quiere pagar 10 millones de euros por una obra de Hirst es su problema y su dinero. Otra cosa es la calidad de la misma. La obra de Hirst fue ensalzada en su día por un buen número de críticos que celebraron con gran algarabía la llegada de los Young British Artists, entre los que se encontraba Hirst junto con Chris Ofili (el de la escultura realizada con excrementos de elefante) y los hermanos Chapman (que intervinieron en una serie de grabados de Goya). También hubo detractores, como Robert Hughes, crítico de Time Magazine, quien nunca compartió la opinión favorable de sus colegas: “Hirst es básicamente un pirata y su destreza consiste en haber conseguido engañar a tanta gente en el mundo del arte”.

De forma paralela, la subasta de arte español de Christie’s también ha causado una pequeña revolución en el panorama artístico español. Manolo Valdés ha alcanzado la cifra de 500.000 euros, lo que supone triplicar su cotización hasta ese momento. Algo que, como es normal en este país, ha despertado la envidia de algunos de sus colegas, como si la calidad de una obra de arte estuviera reñida con una alta cotización de la misma. Ahí tenemos como ejemplos de que eso no es así a Lucian Freud (33 millones de dólares por una de sus obras) o a Francis Bacon (86 millones por uno de sus trípticos). Artistas de una calidad fuera de toda duda. Y ahí es donde llegamos a Picasso, otro artista cuya cotización se disparó hace muchos años y al que el Grand Palais de París le rinde un homenaje al confrontar su obra con la de los maestros clásicos en los que se ha inspirado, como Goya (“La maja desnuda”), Manet (“Desayuno sobre la hierba”), Ingres (“Odalisca”), Delacroix (“Las mujeres de Alger”), Tiziano (“Venus divirtiéndose con el amor y la música”) o Rembrandt (“Mujer bañándose”).

El crítico de arte juzga la obra de un artista en el momento presente pero es el historiador el que, con el paso del tiempo, la pone en el lugar que le corresponde. Las obras de Hirst puede que se pudran como ese tiburón que sumergió en formol y no aguantó el paso del tiempo. La de Valdés puede que acabe confrontada a la de los artistas del pasado con los que siempre ha dialogado en una exposición muy similar a la de Picasso. El tiempo lo dirá. El mercado callará.

 



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Trailer del documental
"Valdés como pretexto"

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