Viaje al pasado

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Decía Rilke que la verdadera patria era la infancia. De ser así, él se enfrentaba a una jornada patriótica: la celebración de los 25 años de su promoción de las Escuelas Pías de Castellón.

Comenzó el día de la única manera posible, haciendo el mismo camino que recorrió durante ocho años y que separaba la casa de sus padres del colegio. Dicho trayecto constató una vez más que los cambios en el pequeño comercio se sucedían a una velocidad mucho mayor que nuestra propia memoria. Su primera parada siempre se producía en el horno Adsuara situado en la avenida Rey Don Jaime, donde compraba para su almuerzo un pan quemado con una chocolatina “Lingotín”. Dicho establecimiento se mantenía en marcha aunque notablemente reformado, sin embargo la panadería Gargallo hacía tiempo que había cerrado sus puertas y dejado de producir sus famosas “rosquilletas”, que algunos días sustituían al dulce pan quemado. La librería Esten, donde adquirió casi todos sus libros a su amable y maternal propietaria, y el kiosko Pepe, donde compró todo tipo de “gominolas” que hoy serían calificadas por los nutricionistas como armas de destrucción masiva, habían desparecido de la faz de la tierra. La plaza del colegio se mantenía prácticamente igual, incluso permanecía una imperfección arquitectónica situada en el punto en que la iglesia de la Trinidad se unía con el colegio que ellos utilizaban para jugar al “churro, mediamanga, mangotero” (la generación playstation era posterior a la suya).

Lo primero que vio fue un corro de hombres que rondaban los 40 (sí, no eran niños) que se agolpaban a la puerta del colegio. Se trataba de los fumadores, muchos de los cuales se iniciaron en ese mismo lugar en ese malsano vicio al final de la EGB  y del que aún no habían podido desengancharse. Allí se produjeron los primeros saludos en una especie de “remake” de la serie de televisión “Sin rastro” en la que uno miraba al adulto pero se le aparecía el rostro del niño que un día fue.

Este tipo de reuniones, que habían proliferado gracias al Facebook (una herramienta informática más eficaz en la búsqueda de personas que el propio Lobatón), no dejaba de ser una forma de agitar el pasado, poner en marcha un aluvión de recuerdos que no tenía fin. Muchos seguían igual. A algunos les ponías cara, a otros nombre (bueno, más bien apellido, porque era la forma en que nos llamaban por aquel entonces los profesores) y con algunos pocos incluso habías llegado a mantener el contacto a lo largo de los años. Solo uno había fallecido en accidente de tráfico y otro estaba en coma pero echabas de menos a ese niño del que todos nos mofábamos bien porque tuviera las orejas de soplillo o porque se hiciera las necesidades en clase. La crueldad de los niños podía llegar a ser infinita. Todos fuimos alguna vez acosadores y algunos pocos acosados, pero el olvido era un mecanismo de defensa que el ser humano había desarrollado para poder sobrevivir y el día era para disfrutar de los buenos recuerdos y olvidar los malos. La vida era una carrera de fondo y en el rostro de algunos se apreciaba más que en el de otros el esfuerzo realizado. Eso sí, todos le habíamos plantado cara a la vida y nuestra memoria no olvidaba que alguna vez todos los allí presentes fuimos niños. Teníamos una patria, en la que abandonamos la inocencia y allí estábamos para poder contarlo y recordarlo.


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Trailer del documental
"Valdés como pretexto"

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